Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


domingo, 14 de marzo de 2021

Punta de Lanza

 

Punta de lanza

 

Que tiene el gesto incómodo, casi despiadado, nadie lo niega. Que, además, su carácter es frío hasta la soberbia, muchos lo sufren. Y que no hay una sola persona que conozca ni el más pequeño pellizco de su vida, es un axioma.

Acostumbrada a jugar de niña con los escorpiones que hallaba bajo las piedras de la hamada saharaui, Latifa creció en una familia nómada dominada por las crueles condiciones del desierto. No recuerda cuándo su padre decidió instalar su haima cerca de El Aaiún, en el extremo más perdido del barrio de Hatarrambla, un lugar donde muchos como ellos acudían a curiosear dentro de esa extraña y súbita prosperidad que traían de la mano aquellos ostentosos españoles. Allí descubrió un mundo de humo y olor a gasolina, de uniformes militares y voces de ordeno y mando, un ambiente colonial duro como el cemento que utilizaban para construir esas casas de las que brotaban cúpulas como pompas de jabón. Pero también sus ojos se impregnaron ―siempre lo ha admitido― de muchas otras cosas que la cautivaron. Latifa da gracias a Alá por la suerte que tuvo, y Alá le agradece haberla aprovechado.

La fortuna siempre utiliza engañifas. Vive del peaje que nos factura. No ofrece nunca garantías. Por eso aquella niña de diez años creyó que la vida se le desgarraba cuando los españoles traicionaron a su pueblo y los marroquíes entraron en el territorio regando con napalm a los que huían. A finales de 1975, el desierto ardió al este de Smara,  cerca ya de Tinduf. Ella perdió a sus padres, a sus cuatro hermanos y la mitad de su hermoso rostro. Un día después la llevaron a un hospital de Argel. Tres semanas más tarde ―no sabe cómo― llegó a Madrid, un oasis hostil donde las palmeras eran semáforos. Las tribus que allí habitaban, lloraban a su jefe muerto y se preparaban para negociar un futuro en el que Latifa tendría inesperadamente un hueco.

El primer peldaño de aquella escalera fue Salah, hijo de Brahim y Amina. Ellos, sus padres adoptivos. Él, su auténtico hermano aunque su sangre fuera distinta. Brahim le permitió acudir al colegio porque ya lo había hecho en El Aaiún con niños españoles. Además, era obligatorio. No cabía réplica. Pero en cuanto la cirugía hubiese reparado con mayor o menor acierto sus rasgos, regresaría a los campamentos de Tinduf donde le esperaría una vida como la costumbre ordena, y así crecer y vivir como una auténtica saharaui. Allí serviría a su comunidad pastoreando cabras que únicamente se alimentan de cartones de embalaje para producir leche; a vigilar a los dromedarios que, obstinados, buscan la libertad entre las montañas peladas; a sacar agua salobre de pozos que el invasor a veces envenena; a cuidar los hijos fruto de un matrimonio impuesto con alguien a quien no conoce y no ama. Así lo decreta la tradición.

Pero Latifa nació rebelde y testaruda. Era hija del desierto. Libre. Y quiso seguir siéndolo, incluso en una España en la que aún no estaban acostumbrados a ella.

Mientras los médicos luchaban para recuperar su media sonrisa quemada, aquel ojo izquierdo que no se abría y una frente abrasada como plástico derretido, sus compañeros de colegio se mofaban de ella con saña y fiereza.

―Te dejaron a medio cocinar ―le gritaban en los recreos aludiendo a su piel oscura y a la deformidad de su rostro.

¡Idiotas…! El napalm había quemado su piel pero no su determinación. Porque Latifa no solo lucharía contra su destino, sino también contra aquellos que, en cualquier lugar, quisieran manejarlo. Tanto fue su empeño que, una vez medio reconstruida su cara ―nunca lograron que las marcas de su infortunio dejaran de ser patentes― consiguió quedarse en Madrid.

Brahim nunca admitió que quisiera comportarse como una muchacha española. Abnegada, debía regresar al desierto y casarse. Pero ella quería estudiar, ¡sí!, ser la primera saharaui en conseguir su propia independencia, sin ataduras, sin deudas, sin condiciones. Fue su hermano Salah quien la llevó por primera vez hasta aquel local de ensayos en el barrio de Tetúan donde maltrataban instrumentos. Fue allí donde alguien escuchó su hermosa voz entonando versos en hassanía traducidos al español. Y Latifa compuso canciones bellas con un ritmo diabólico de algo llamado rock y en un tiempo en el que todos hablaban ya de esa locura bautizada como “movida madrileña”. No tuvo un gran éxito, pero su puesta en escena llamaba tanto la atención, que los conjuntos que se habían encaramado a las estrellas siempre reclamaban la presencia de su grupo para calentar el ambiente como teloneros. Música dura, letras desafiantes, algunas palabras en aquel idioma del desierto y una cantante de voz aguda y poderosa que cubría su imperfección bajo media máscara decorada con purpurina. ¡Una frivolidad!, esnobismo exagerado y superficial de los ochenta. Nadie la conocía. Quizá por eso la adoraban.

Latifa consiguió poco dinero, pero el suficiente como para abandonar su casa, a sus padres ―nunca a su hermano― y estudiar en una universidad. Su tesón e inteligencia la hicieron doctorarse en medicina. Quizá fuera la primera mujer saharaui que lo conseguía habiendo nacido en la hamada y tras haber tocado rock & roll entre el humo del hachís que nublaba las salas de conciertos.

Hoy es radióloga en un hospital de Madrid, en uno cualquiera, no importa cuál. Cuando algún adinerado comerciante marroquí viene a España para que alguien alivie su existencia y le queme ese tumor que le come la vida, muchas veces ha sentido la tentación de girar dos vueltas de más la ruedecita de la máquina y que la radiación le atraviese el cuerpo como a ella le hizo el napalm hace cuarenta y cinco años. Pero, hasta para eso, Latifa es una punta de lanza. Aprieta los dientes, exhibe orgullosa su media sonrisa y agradece a Alá y a su suerte ser la mujer saharaui más libre de todo el desierto, cualquier desierto.

 

 

#HistoriasdePioneras



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Predicciones contrastadas para 2021

Todos los años por estas fechas hago algo poco original y me dedico a repasar los últimos 365 días, incluso a vaticinar algo de los siguientes. Esto es algo manido que, lo admito, muchas veces hago para rellenar el blog con un artículo el mes de diciembre.

Este año no merece la pena hacerlo porque todo se circunscribe a ese virus que nos está cambiando la vida. Así que me dispongo a tener una diarrea mental que, como reza esta página, tratará de lo que se me pinta. Porque si algo bueno tiene eso de escribir, es que cuentas lo que te da la gana sin que nadie te interrumpa y sin importarte si alguien te lee.

Así que no voy a hablar de hechos ni de Historia, sino de sensaciones, impresiones y opiniones. Y me centraré en dar caña al Ser Humano, ese ser ruin y egoísta al que únicamente le importa él mismo y lo que le rodea a menos de dos metros de distancia.

2020 ha sido un año de mierda, pero no por culpa del virus.

Este año me ratifico en mi convencimiento de que a los políticos únicamente les preocupa su silla. La gestión de la pandemia lo deja bien claro. Solo ha habido negociaciones que concernían a la salud pública cuando entraban en juego prebendas políticas. La población y la economía les importaban a todos un carajo. Si no me creen tiren de hemeroteca. Yo no voy a extenderme.

También me ratifico en la irresponsabilidad general y esa manía de que la libertad individual está por encima de todo, incluida la Ley.

Y también me concentro en denunciar lo absurdo que es poner en cuestión absolutamente todo, en discutirlo todo, en otorgarle a todo el beneficio de la duda. Llevamos un siglo sobreviviendo gracias a las vacunas pero ahora igual no sirven ni han servido nunca. Claro, por eso la viruela ha dejado de existir, porque se aburría… O porque las farmacéuticas lo querían así. ¡Esa es otra…!, la manía de ver conspiraciones hasta debajo de la tapa del cubo de la basura.

Parecía que tenía que caerle encima al planeta la octava plaga para que reaccionara sobre un montón de cosas que desde el final de la Guerra Fría se han ido acumulando en nuestro “debe”, pero parece ser que no solo no hacemos los deberes sino que, además, salimos al recreo con ganas de montar bronca.

El Ser Humano se ha convertido en un macarra con ínfulas de superficialidad supina, y los que no cuadran con este concepto se han ido al extremo contrario, individuos pánfilos, pusilánimes y acobardados. Los unos campan a sus anchas sin criterio y nadie les rebate sus gilipolleces; los otros meten la cabeza debajo del ala y se callan como putas. Y así se divide el mundo conocido, casi al 50%. Digamos que hay un 1% (o menos) que no son ni chicha ni limoná, que piensan por ellos mismos, que tiene opiniones propias, que leen, escuchan, ven y sacan sus propias conclusiones con raciocinio, lo que siempre les otorga cierta mesura en sus pareceres y acciones. Este ínfimo grupo son lo que ambos bandos llaman raros, locos, peculiares…

Si no me he explicado, en el primer bloque yo situaría a Trump, Putin, Maduro, Johnson, Bolsonaro y todos esos que son capaces de distorsionar la realidad a base de darle vueltas y vueltas (y más vueltas) hasta hacer perder las referencias a todo bicho viviente (como esos políticos de cualquier color que tenemos bien cerca). En el segundo apartado certificaría a esa parte de la sociedad que no hace ni el webo, no opina, no sabe y no quiere saber, que vota pero no le importa absolutamente nada lo que hagan aquellos a los que han votado. Se quejan de todo en su sala de estar y con sus amigos pero jamás dan la cara. Y en el tercer corral, ese pequeñito, estarían los científicos, los filósofos, los sociólogos, seguramente algún vagabundo anónimo (porque para pensar por uno mismo no hay que tener estudios sino ganas de saber), la gente que piensa más en los demás que en uno mismo (pero así, sinceramente, no de boquilla)…

En fin, no les aburro más. 2020 ha sido un año de mierda, pero no por culpa del virus, que a ese nos lo cargamos y aquí paz y después gloria; sino porque ha sacado nuestras vergüenzas al aire, porque ha demostrado y consolidado la mediocridad, el egoísmo y la rapiñería en el mundo. Y así seguiremos en 2021, con o sin vacuna, con o sin virus, es decir, con dos cojones y sin conciencia.

        Por cierto, si la vacuna está ahí ha sido gracias al tercer grupo. Nadie se lo va a reconocer ni se lo va a agradecer nunca. 



viernes, 20 de noviembre de 2020

La cara B de los sueños

 

Persigue tu sueño… Consigue que tus sueños se cumplan… Claves para hacer tus sueños realidad… No dejes que nadie te impida alcanzar tu sueño…

Harto de ver frases como estas (o peores) en redes sociales, de escucharlas a charlatanes de feria, a “vende crecepelos”, a oportunistas e imbéciles, hoy quiero explicaros la cara B de este objetivo que muchos, casi todos, tenemos dándonos vueltas por la cabeza.

Tener un sueño no es que te toque la lotería, encontrarte un cofre del tesoro o al príncipe (princesa) azul. Para mí, un sueño es tener una meta, un objetivo a conseguir, algo casi imposible, que casi no puedes ni imaginar que un día, generalmente lejano, quieres lograr.

Un sueño, además, tiene que tener la condición de hacerte feliz, de hacerte sentir pleno, un reto con, contra y para uno mismo. Algo así como el célebre “no hay güevos” pero dicho para nosotros mismos.

Esos charlatanes que nos impulsan generalmente desde redes sociales, se dedican a animar, alentar, a dar las claves irrefutables de cómo conseguirlo. Sí, a primera vista, tiene toda su lógica; parecen asumibles, abordables por cualquiera, sea cual sea su sueño. El otro día escuché en la radio que el sueño de El Langui era ser jugador de fútbol, no sólo jugar, sino ponerse la camiseta de un equipo de esos míticos. Por mucho que se esforzara jamás lo habría conseguido. Él mismo lo decía. No era un sueño. Solo una quimera, un imposible. Hay que ser realistas.

Los sueños tienen que ser alcanzables, saber que tenemos posibilidades de conseguirlos. Y como tales sueños, suelen estar bastante alejados de nosotros. En mi caso, desde que empecé este camino, mi sueño me ha obligado a perder horas en la cama, a aguantar las derrotas, a ser perseverante, tenaz, a trabajar, a trabajar mucho, a trabajar un güevo, a investigar, leer, estudiar, corregir, superar malos ratos, a lidiar con decepciones, a pasar vergüenza, a creer que los pequeños pasos que voy dando no son éxitos sino escalones, a no creerme nada ni nadie, a escuchar solo críticas y recordarlas para siempre, a olvidarme de los halagos a los tres segundos de recibirlos, a ser muy muy crítico conmigo mismo, a saber que voy a perder cosas por el camino. En definitiva: a luchar contra todo, contra todos y contra mí mismo.

Porque conseguir un sueño no es un camino de rosas, porque la mayoría de la gente no suele ni siquiera imaginarse el diez por ciento de lo que les costó alcanzar su sueño a esos que los han conseguido, a Pau Gasol, Rafa Nadal, Alejandro Sanz, David Bisbal, Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverte, Juan Roig, Amancio Ortega, Bill Gates, ¡bufff…!, y tanto otros. Todos estos se han partido el espinazo dale que te pego. Pero partido en dos.

Los sueños se pueden conseguir... o no. Quizá tengas que prepararte a luchar contra ti mismo.

Así que, cuando te digan que todos podemos alcanzar nuestros sueños, tienes que saber que vas a sudar (como decían en la serie “Fama”), que vas a llorar de rabia, de impotencia, de desesperación cuando compruebes que el camino es largo, lleno de dificultades y que hay gente mejor y con más “suerte” que tú. Reitero: paciencia, constancia, perseverancia, tenacidad y, sobre todo, trabajo, trabajo y trabajo, pero trabajo serio, concienzudo, sin paños calientes, que cueste, que duela, que imponga respeto, como uno de esos ciclistas que suben el puerto más empinado y luego caen derrengados en la meta cuando llegan los primeros. Sí, esos que lo habrán intentado antes hasta mil veces sin conseguirlo, que han sufrido, que se han desanimado alguna vez, pero que al final lo han conseguido. Y, ¿por qué lloran en la meta, o al recibir un premio, o al subirse a un podio? Porque echan la vista atrás y dicen, ¡joder, todo lo empleado durante tanto tiempo ha servido para algo! Y recuerdan todo su esfuerzo, penas, alegrías, dificultades y retos.

Esta es la cara B de los sueños, dura, desagradable, difícil, larga (siempre, siempre, siempre es larga), tortuosa y desalentadora en la mayoría de los momentos que atraviesas. Si lo quieres intentar, porque no siempre se consigue, convéncete de que lo vas a pasar mal. Y si al final lo logras, prepárate a llorar un rato, esta vez de satisfacción.

Esta es mi experiencia en el camino hacia mi sueño. Porque yo (que conste en acta) todavía no lo he conseguido. Pero no me rindo.



sábado, 7 de noviembre de 2020

Muy agradecido, Javier Reverte.

He escrito en este blog alguna que otra necrológica. Me vienen a la cabeza la de Carrillo y la de Fraga, y hace poco la de Pau Donés. Ninguna de ellas me ha costado redactar tanto como esta, quizá porque conocía a Javier Reverte y me unían a él muchas cosas. Le respetaba y admiraba tanto que he preferido esperar a recuperarme por su pérdida para enfrentarme a la tarea pues lo único que me salía de dentro al principio era una tremenda tristeza. Y creo que él merece un artículo más sosegado.

Javier Reverte era, para mí y ante todo, un buen tipo. He coincidido con algún que otro escritor, de nombre bien consolidado en el mundillo literario (por cierto, un mundillo en el que el maestro no creía). Y la verdad es que Javier se parecía en poco al resto de colegas. Ya de por sí, un escritor suele ser una persona con alta autoestima que, a menudo, resulta engreído, soberbio y petulante por mucho que trate de tamizarlo o enmascararlo con una humildad a la que se le ven las costuras. Nunca jamás he pedido nada a ningún escritor “famoso” de esos que las ventas de sus libros se cuentan por miles. Alguno me ha dicho que podía echarme una mano y, cuando me he decidido a pedirles, no la mano, ni un dedo, solo una uña, no ha hecho siquiera el ademán de hacerlo. Solo buenas palabras, sonrisas, amabilidad y educación. Pero hasta ahí.

Javier no era así. Era una persona normal, sincero, humilde, de esos que si se ofrecen a ayudar es porque cumplen, y si no están dispuestos cierran la boca. Su carácter y su integridad como persona se entenderán muy bien en las siguientes líneas.

Le conocí en la presentación para la prensa de un libro de otro autor. Conectamos porque me acerqué a él y me identifiqué como aprendiz de escritor y tan enamorado de África como lo era él. Un año más tarde, allá por el mes de marzo, le escribí para pedirle que acudiera a unas jornadas literarias en Madrid que se desarrollarían en septiembre para hablar de libros de viajes. Se excusó diciendo que en esa época iba a estar en Nueva York pero que, si había cualquier contratiempo en sus planes, contactaría conmigo. Temí que era uno de esos que solo tiene buenas palabras. Pasaron los meses sin recibir noticias suyas, ni él mías porque no me gusta ser pesado. Vamos, que fueron seis meses de silencio absoluto hasta que, a dos semanas de la celebración de las jornadas, recibí un correo en el que me decía que, si la invitación seguía en pie, su viaje se había retrasado y podría acudir. ¡Por Dios! Le había conocido hacía un año. Habíamos hablado solo una vez. Nos habíamos cruzado dos correos y, seis meses más tarde, se acordaba de que le había ofrecido algo que no era más que un compromiso porque las jornadas no siquiera remuneradas. Javier acudió y, cómo Julio César, llegó, vio, habló y venció.

A partir de entonces le escribí con algo más de frecuencia, vaya, cada cuatro o cinco meses. Me daba tremenda vergüenza que empleara su escaso tiempo conmigo, pero él siempre se ofreció a echarme una mano. Así que, con el transcurrir de los meses y ya algo más de confianza, se leyó un par de mis manuscritos y me ayudó a mejorar. Le preguntaba dudas y las respondía casi al segundo. Una tarde, al término de una charla con otro escritor y periodista sobre el atractivo de las grandes ciudades europeas, estuve charlando con él una hora de lo humano y lo divino, de libros, experiencias, expectativas, viajes… Fue la tarde que le llevé un ejemplar de la novela con la que había quedado finalista del Premio Fernando Lara, certamen que él había ganado años antes. Me pidió que se lo dedicara. Aparte de la voz, me temblaba la mano cuando lo hice.

A lo largo de muchas ediciones de la Feria del Libro fui a su caseta para adquirir sus libros y que me los firmara. En más de una ocasión me dijo que no le comprara uno más, que él me los enviaba a casa. Nunca se lo pedí pero él me hizo llegar varios. Siempre en sus dedicatorias fue cariñoso. A mi tocayo… A mi colega… A mi compañero de letras… Y allí, en la feria, le robaba solo unos segundos porque detrás de mí siempre tenía una larga cola de sus lectores. Pero, aun así, casi sin tiempo, siempre me preguntaba qué tal me iba. Y fue allí, hace dos años, cuando le conté aquello en lo que estaba trabajando. Cuando me escuchó se ofreció al instante a facilitarme documentación y contactos si los necesitaba. Un año más tarde, en junio de 2019, me volvió a preguntar sobre mi proyecto. Le dije que estaba manos a la obra.

―No lo dejes, tocayo. Es muy buena idea.

Podría seguir hablando de Javier durante mil palabras más sobre él aunque, en realidad, aparte de las visitas a la Feria del Libro, nos vimos en tres ó cuatro ocasiones más. Pero nos escribimos algunos correos con mucha información y pocos (o ningún) formalismo. Él tenía poco tiempo y no iba a ser yo quien se lo robara.

Miento. Lo hice una vez. Y le avisé. Y no me arrepiento.

En una ocasión le escribí avisándole de que el correo era un poquito más extenso pero necesitaba decirle quién era él para mí, un maestro, un referente como escritor pero también como persona. Le expresé la vergüenza que sentía al enviarle un correo o acudir para que me firmara libros, el respeto que tenía a su trabajo y a su persona, que siempre me lo pensaba cien veces antes de pulsar la primera tecla, y que le agradecía lo que me había enseñado y el tiempo que me había dedicado. Javier me respondió de inmediato, agradeció mis palabras y me dijo que no era para tanto, que se sentía abrumado.

Sobra decir algo más sobre él.

La noticia de su muerte fue una puñalada trapera con mala baba. Hacía varias semanas que le había escrito para saber cómo andaba (nuestros últimos correos eran de marzo/abril). Sí, había veces que se retrasaba en responder, incluso hubo algún correo que se quedó sin respuesta aunque luego se excusaba cuando nos veíamos. Pero en agosto no sospeché nada. Y viví con un ojo en mi novela y otro puesto en él hasta que mi amiga Azucena, ese sábado 31 de octubre, las 9 de la mañana, me escribió para terminar de despertarme. Y bien que lo hizo, aunque también me mató.

Javier Reverte posando para mí en mayo de 2018, en la Feria del libro de Madrid.
 

De Javier me quedo con todo, con todo aquello que me gustaba de él y con lo que me agradaba menos, que también lo había. Pero sobre todo me quedo con sus maneras, su gesto socarrón, su ironía, su sentido del humor, su amabilidad, su interés su humildad, su trabajo y su voz. Porque tengo la inmensa suerte de que, cuando leo uno de sus libros, su voz suena en mis oídos y es él personalmente quien me cuenta su viaje, su novela, su poema.

Voy a echarle de menos, mucho, porque me he quedado huérfano de maestro. Siempre retumbará en mi cabeza aquel último consejo en el que se mostraba especialmente interesado y comprometido sobre el trabajo que, a día de hoy, sigue entre mis manos:

―No lo dejes. Es muy buena idea.

Esa novela irá dedicada a él.

Gracias, Javier. Gracias, maestro. Me despido con las mismas letras con las que siempre terminabas los correos que recibía de ti:

"Abrz, JavierR"


 

 

lunes, 26 de octubre de 2020

Ya no hay más que hacer

 

El otro día, el presidente Sánchez vaticinó que vienen tiempos duros. Y eso, en boca de alguien que, se presupone, maneja más información que usted (querido lector) y que yo, tiende a acojonarme. Claro, que también habría que matizar qué se entiende por tiempos duros: si los contagios se van a disparar; si se va a volver a producir un colapso de la red sanitaria; si los fallecimientos se van a contar diariamente por miles; si son todas las anteriores..., o si tan solo es que no vamos a poder salir de la Comunidad Autónoma, la ciudad, el barrio o de casa. Igual es que desde ahora las noches están hechas solo para dormir.

El otro día vi al presidente por la televisión muchísimo menos chulo de lo que suele ser. Más bien, lo noté desbordado, acojonado, suplicante. Y eso me lleva a pensar que, como asegura, vienen tiempos duros, pero duros de verdad. Nada de buenas noticias en varios meses. Pintan bastos.

Siempre me he liado a pedradas contra este país porque, dado como nos va, creo que el número de mediocres y tuercebotas iguala prácticamente al de la población. Para un porcentaje mínimo de gente con conocimientos y sentido común que hay, no ya en el ámbito de la pandemia, sino en cualquier otro, educación, ciencia, investigación y desarrollo, la propia sanidad…, a esos profesionales se los aparta porque sus consejos bien fundamentados son casi siempre antipopulares y nada electorales. ¡Claro! Estas personas gracias a Dios son profesionales y no buscan criterios políticos. Ellos no pierden el suelo porque a ellos no les importa sentarse en un escaño o en un ministerio. pero para los políticos los sabios no cuentan para ese juego. Incluso para esos políticos que los han reunido en un comité. A esos sabios, además, se les ningunea sin pudor.

Un padre o una madre toman con frecuencia medidas impopulares con sus hijos, pero no por eso se les quiere menos. Al contrario. Con el paso de los años se les agradece. Sin embargo, eso nunca nos ha enseñado a dejarnos aconsejar por expertos. Las autoridades quieren seguir siéndolo y aplicar lo que ellos dicen significaría que no gusta a nadie. No es de extrañar. Incluso el ejemplo que ponía de los padres ya es poco válido. Cada vez son menos los que toman ese tipo de decisiones, de ahí que los hijos crezcan descarriados, poco concienciados e irresponsables.

Un pobre consuelo me queda cuando veo que, en el resto de Europa, también cuecen los pucheros llenos de infectados y con las autoridades dando palos de ciego. Sí, lo sé, mal de muchos consuelo de tontos, pero es que empiezo a pensar que, efectivamente, estoy también en el grupo de los tontos.

Ahora ya tenemos un nuevo estado de Alarma, pero uno peculiar que van a manejar a su antojo 17 personas. ¡Qué bien! ¡Vaya idea! Yo creía que los rebaños los manejaba siempre un solo pastor, no una caterva de ellos. A ver... No quiero decir que me guste Sánchez. Además, lo que ha hecho ahora es tirar el balón fuera. Si las decisiones se dividen de esa manera pierden eficacia y es como tener una tía en Alcalá. Para ese viaje no hacían falta esas alforjas ni la grandilocuencia del discurso. Él quiere poner las reglas que cree oportunas para beneficio común y propio, y que la administren otros. Es una cobardía. Pero no la tomemos con él. Otro habría hecho lo mismo. Y lo mejor es que, en época de una crisis tan grave como esta, lo mejor es que el mando lo lleve solo uno.

Pero da lo mimso. Me he convencido de que esto no tiene visos de acabar hasta 2025. Hagan cuentas de cuándo va a salir una vacuna eficaz, cuánto tiempo se va a tardar en producir los miles de millones de dosis que hacen falta, cuánto tiempo van a tardar en ponerse de acuerdo quienes tengan que hacerlo para ver quién las paga, el orden en que serán administradas (por países, por profesiones, por edades, ¡inlcuso por renta!), cuánto tiempo tiene que pasar para que se compruebe que son efectivas, que desaparezca el miedo… En fin, 2025 como pronto.

Si no sabías cómo se sentía tu mascota en su jaula, ahora te vas a enterar.

Así que ya no hago planes más allá de 24 horas o cinco años. El tiempo lo emplearé en ir de casa al trabajo y vuelta a casa; en teletrabajar cuando me toque; en sacar a pasear a mis perros, en ir al supermercado. Y poco más. Y el tiempo que resta, que es mucho, lo dividiré en hacer algo de ejercicio, leer, ver la televisión, dormir y escribir.

De momento no puedo hacer mucho más.