Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


miércoles, 10 de junio de 2020

Requiem por Pau


50 palos es el libro que hace un par de años publicó Planeta con la “no biografía” de Pau Donés, término que el mismo declinó utilizar porque decía que olía a muerto. Así que lo llenó de vivencias, ocurrencias, reflexiones, experiencias y, de esa manera muy suya de mandar indirectas de manera directa, también de enseñanzas.
Tuve la inmensa fortuna de verle en tres ocasiones. La primera y la tercera fueron sobre un escenario. Corría algún año de la primera década del 2000 cuando Jarabe de Palo visitó las fiestas de Algete ofreciendo un concierto de esos que paga el Ayuntamiento. Visto en su salsa, el chaval me pareció un tipo sencillo y cercano que, sobre todo, disfrutaba de su música con el público. Recuerdo nítidamente cuando comenzó a rasgar la guitarra con los primeros acordes de La flaca y la gente comenzó a corearla. Entonces se detuvo, meneó la cabeza como signo de negación, de frustración guasona, como diciendo… “no sigáis por ahí… Podéis hacerlo mejor”. Y el público se volcó con afinación y entusiasmo, ahora sí: “En mi vida conocí, mujer igual a la flaca…”. Sin duda, la coña estaba preparada, pero me emocionó.
La tercera vez que disfruté de su arte y de su talento fue en la Riviera, hace menos de dos años, con una de mis hijas. Antes ya había anunciado que dejaba la música, que se iba, pero que volvería. El concierto, acústico y con sabor cubano, fue espectacular. Pau estaba delgado y con el pelo rapado pero, aun entonces, lleno de vida y de ilusión. Afirmaría sin temor a equivocarme que disfrutó mucho más que todos los que fuimos a verle. Quizá a todos nos pareció que aquella noche sonaba a despedida, menos para él, que seguramente todavía albergaba un pellizco de esperanza.
Y la segunda vez que lo vi… ¡Vaya, nunca he dejado de arrepentirme! Fue antes de 2006, no sabría precisar la fecha. Ese día yo tenía una comida de negocios. Acudí con mi jefe al restaurante “La vaca argentina” que hay en López de Hoyos. Un tercer comensal, alto cargo de un banco, nos acompañaba en la mesa. Íbamos a tratar un acuerdo muy serio y estábamos concentrados en tener una comida agradable mientras perfilábamos los puntos a tratar. Y entonces apareció él, ahí, Pau Donés, con toda su banda de músicos, y se sentó en la mesa de al lado. Yo me volvía de revés. No podía levantarme y saludarle, decirle que era un profundo admirador de su música, que en aquella época de pirateo incontrolado y masivo, yo compraba sus discos en las tiendas porque merecía la pena apoyar su talento. Quería mostrarle mi admiración, arrodillarme ante él y proclamar: ¡qué grande eres, cabrón! Y no pude hacerlo por decoro, por profesionalidad, por imbécil. Me tiré toda aquella aburrida comida mirándole de reojo, disfrutando con la manera exquisita de congeniar con su equipo, con ese cariño que mostraba sobre el escenario pero que era puro porque, sí, yo lo vi, lo sentí, también repartía cuando estaba fuera de él.
Abandoné “La vaca argentina” presa del infortunio. “Ya habrá más ocasiones”, me dije, pero no las hubo. Y ese remordimiento me ha perseguido cada vez que he escuchado sus discos, que son unas cuantas veces (cientos).

¡Grande Pau, siempre Pau!
Ayer, esa hija con la que acudí a su último concierto en la Riviera, fan incondicional de Jarabe de Palo, entusiasta cuasi fanática de su canción “Realidad o sueño”, me daba la noticia de su huida. La sentí como una puñalada trapera, a traición, sin preaviso ni anestesia. Eso sí que fueron 50 palos, pero en mi lomo. Por mucho que la amenaza fuera esperada, no por ello dejaba de ser temida. Pero llegó. Y me dejó tocado, hundido.
El único consuelo que me queda son sus discos, su gesto sencillo en el escenario, su humildad, su talento. Y alguien que lo regala así, merece la pena tenerle para siempre en el recuerdo. Gracias, chaval. Si hay otro lugar donde volvamos a coincidir, enviaré mis obligaciones al infierno y me levantaré a saludarte. No más remordimientos.



viernes, 24 de abril de 2020

El calendario no sirve


Miro el calendario que tengo sobre la mesa. Cada día que pasa desde el 12 de marzo lo cubro con un marcador rosa. Y ya van casi seis semanas. ¿Es mucho o es poco? ¿Comparado con qué?
Comenzó el confinamiento emocionante para mí porque el Gobierno aún no había decretado el estado de alarma. Por circunstancias que no vienen al caso tuve que salir pitando de la oficina hacia casa. Sabía que ya no iba a salir en mucho tiempo. Me sentía un pionero. Esa jornada visité a todo correr el estanco, la gasolinera y el supermercado. La cabeza me iba a cien por hora, tanto, que al meterme en el súper dejé el coche en marcha sin darme cuenta. Ahí estuvo el valiente, media hora con el motor encendido y las llaves puestas esperándome en el aparcamiento como si fuera a cometer un atraco. Cuando regresé para cargar la compra en el maletero me di cuenta de que me lo podían haber robado con toda tranquilidad. Pensé que los ladrones no debían de acercarse con frecuencia a ese Mercadona. O quizá, que tenían la atención puesta en otras cosas, como me pasaba a mí. Así que ese 12 de marzo, sobre las 12 de la mañana, después de haber ido como pollo sin cabeza durante dos horas, me enclaustré en casita bajo siete cerrojos.

Cuando todo el mundo evangelizaba lo importante que era el “aquí” y el “ahora”, nos hemos dado cuenta de que hay un mañana imprevisible que siempre está a la vuelta de la esquina.
El párrafo anterior, si usted lo ha advertido, está llenito de números. El tema no es casual ni es baladí. Últimamente vivimos pegados a ellos a cualquier hora del día. Cifras de contagios, de fallecidos, plazos para la vacuna, para conseguir medicación eficaz, pérdidas en la economía, otra vez plazos pero ahora para la recuperación, millones de euros perdidos en material sanitario inútil, salario que nos va a quedar si estamos en el paro, o en un ERTE, y otra vez incremento de contagios, y de recuperados, y más días de confinamiento… Cifras, números, guarismos que nos marean, nos condicionan la salud mental, el ánimo, la esperanza. El calendario no sirve.
De nada nos sirve marcar ahora fechas en el calendario. ¿O sí?
Esperanza… Me hace gracia, porque una de las corrientes que más pegan ahora entre la población y en las Redes Sociales es esa de que hay que vivir el presente. Todo el mundo se arrimaba ahí porque te desconecta de la conciencia, esa parte de nosotros que nos va tocando las narices pero que, a mi entender, es fundamental para seguir caminando recto allá donde queramos llegar pero, sobre todo, a lo que queramos ser como personas. Los hay que antes de toda esta línea cuasi filosófica no utilizaba la conciencia o, directamente, no la tenían: delincuentes, criminales, ciertos políticos… Pero resulta que ahora, cuando todo el mundo evangelizaba lo importante que era el “aquí” y el “ahora”, de repente, nos hemos dado cuenta de que, pensemos lo que pensemos y creamos lo que creamos, hay un mañana, y ese mañana es imprevisible y está siempre a la vuelta de la esquina. Y el mañana que pintan algunos entendidos (o algunos tremendistas) es distinto, incómodo y, a veces, negro tirando a muy negro, casi como el reverso tenebroso de la Fuerza.

Si hoy no piensas un poquito en el mañana, habrá un momento en que el mañana dejará de ser hoy
Estaba muy bien eso que se difundía hasta hace dos meses, eso de “no te amargues la vida hoy pensando en el mañana”, eso de “todo está bien”. No fuimos cautos, previsores, no nos sentamos a pensar nunca porque pensar es malo, prevenir es malo, preocuparte por lo que importa es malo. Y lo es porque no te deja disfrutar el “ahora”, el “hoy”. Y entonces nadie hizo acopio de granos de trigo para cuando viniera el invierno. Y el invierno llegó. Y más crudo que nunca. Y lo hizo para quedarse una temporada. Ya lo dijo Esopo seis siglos antes de nuestra era, pero como esas enseñanzas requerían de esfuerzo, no te hacían tan feliz como practicar el onanismo a diario sin pensar que mañana te puedes quedar sin manos. Ahí nos detuvimos, sin ver más allá, sin esperanza. Y así, en casita, todos miramos ahora al Estado para que nos devuelva esa actitud paranoica de pensar en el hoy porque el mañana escuece.
En fin. Solo quería transmitiros mi reflexión para que hagáis con ella lo que se os pinte. Mucho ánimo, paciencia. Si os sirve de algo, creo que si hoy no piensas un poquito en el mañana, habrá un momento en que el mañana dejará de ser hoy.



jueves, 26 de marzo de 2020

La vida en ello


En el último artículo de este blog comentaba que la pandemia del coronavirus era abordada desde puntos de vista extremos y además todos, sin excepción, éramos víctimas de la desinformación. Hoy, con un mes ya de distancia, me tengo que comer varias de mis palabras porque el bicho era mucho más fuerte y peligroso de lo que creía. Nos está dando de lo lindo, sin piedad con los mayores, con cierta benevolencia con los más jóvenes, pero asustando a unos y a otros. A mí, personalmente, y aunque suene a ordinariez, puedo asegurarles que no me cabe el bigote de una gamba por sálvese la parte trasera.
En tiempos de guerra, porque esto no deja de serlo, tenemos que estar todos a una. De nada sirve criticar sin aportar soluciones. Si así lo haces eres parte del problema. Incluso lo acrecientas. Deberíamos tener todos la boquita bien cerrada. Aquí nadie sabe nada. Ni siquiera los científicos se ponen de acuerdo. Hay, además, que tener en cuenta que una situación así era inimaginable, que nos ha pillado a todos con el paso cambiado. Algún listillo dirá que ya sabíamos lo que pasaba en China y no hicimos nada. Y mira en Italia… Y yo le preguntaría al listillo si él, con su suprema inteligencia, ya sabía entonces que en España nos iban a llover bichos como langostas de esta manera, que esto se le iría de las manos al planeta. Si no miente, el listillo cerrará la boca, pero como de esos listillos tenemos el país (y visto lo visto en estos días, el planeta lleno) lo mismo tiene los webos de negarlo. En fin…
Aprovechando que, usted lector, continúa leyendo, quiero hacerle partícipe de algo que me ocurrió hace un par de días y que me dejó la sangre de gelatina. Recibí un mensaje por Facebook de uno de mis contactos. Era una nota de audio, de esas que recibimos cualquiera de nosotros todos los días. Estuve a punto de no hacerle caso pero al final le di al botón. En el altavoz sonó la voz de un hombre que, con discurso pausado y buenas maneras (el hijo de puta sabía cómo comunicar de manera cuasi profesional), decía que todo lo que nos está sucediendo no es a causa del virus sino de una confabulación de los poderes mundiales para tenernos retenidos en nuestras casas bajo un estado policial de pánico y así, cuando la pandemia pase o afloje, mantenernos manejados y acojonados. Que no había virus, ni muertos, ni nada, que todo estaba premeditado, que debíamos sublevarnos ante la situación y salir todos de nuestros agujeros hacia la libertad… Vamos, algo así como el 1984 de Orwell (y esto lo pongo yo de mi cosecha porque dudo que el delincuente este haya leído algo que no sea ciencia-ficción de la barata).
Lo que menos se necesita ahora es a tontos de baba que enmierden el ambiente más de lo que está, y menos aún a sabiendas. Te puede ir la vida en ello.

Ante tamaña imbecilidad, contesté a mi contacto diciéndole que si se creía las tonterías de la nota de audio que me acababa de enviar, que si para el tipo ese los 3.000 muertos que llevábamos entonces era una coña, que yo tenía verdaderas amigas que son enfermeras que han visto correr los virus por los pasillos de los hospitales, que si de verdad creía a ese imbécil. Le dije que lo que menos se necesita ahora es a tontos de baba que enmierden el ambiente más de lo que está, y menos aún a sabiendas, que no reenviara esa nota de audio a nadie más. Y va mi contacto y me pregunta si de verdad creo que todo esto es a causa de un virus, que debería creerme a pies juntillas lo de la confabulación porque es real, que allá yo con mi futuro…
Uno se queda sin palabras. Sí, sin palabras pero no sin dedos. Así que puse de patitas en la calle (fuera de Facebook) a mi contacto porque nunca he juzgado las ideas religiosas ni políticas, ni condiciones sociales, culturales, sexo, etc…, pero los desaprensivos que pueden ser peligrosos y además se creen más listos que nadie, la verdad, huyo de ellos como de este Covid 19.
La situación que estamos viviendo no es baladí. Hay que tener paciencia, tranquilidad, confianza y, sobre todo, sentido común. Ya ahora, nos guste o no, hay que dejar maniobrar a los que realmente pueden hacer algo. Somos parte del problema si únicamente criticamos. Somos imprescindibles y útiles quedándonos en casa con la boca cerrada, que para abrirla y pedir que rindan cuentas tenemos (eso espero) todo el tiempo del mundo.
Cuidaos todos mucho. De casa al súper y del súper a casa una vez por semana, o menos si es posible. Mascarilla, guantes y sentido común. Y si te agobias, sal a la ventana cada día a las 8 de la tarde y aplaude como si te fuera la vida en ello porque, si tienes mala suerte y la angustia te empuja fuera de tus cuatro paredes, lo mismo, efectivamente, te va la vida en ello.



miércoles, 26 de febrero de 2020

Conspiranoico-virus


Creo que nunca he pecado ni de paranoico ni mucho menos de conspiranoico. La vida suele ser mucho más simple que lo que todos creemos, y cuando resulta complicada, opino que esa complejidad es tan enrevesada e ininteligible que escapa a nuestra comprensión y, por ende, se convierte en simpleza.
Como novelista me encanta inventar situaciones intrigantes que atrapen la atención del lector. Para esto, los escritores solemos recurrir a hechos que a la mayoría de la gente le gusta leer en las páginas de un libro o ver en la pantalla de un cine. El espectador o el lector las disfrutan porque lo hacen desde lejos, marcando distancia. Asisten a una mentira que les mantiene en tensión durante minutos sabiendo que, cuando cierran el libro o se levantan de la butaca, todo pasó, y todo pasó porque saben que es solo ficción, que es mentira. He vivido alguna aventura y puedo asegurarles que lo mejor es poder luego contarla a los amigos porque, mientras te está ocurriendo, no te hace ni puta la gracia.
Llevo unos días leyendo en Redes Sociales todo tipo de comentarios sobre el recién llegado COVID-19, desde las más veniales a las conspiranoicas en extremo; unos dicen que este bicho es una gripe fuerte y otros la hecatombe. Y para alimentar la ignorancia, hay gente que asegura que el coronavirus es , la antesala del juicio final porque las autoridades apenas hablan de él, que lo que dicen son solo pañitos calientes para no alertar más a la población. O por el contrario, que han hablado más de la cuenta… A eso se le llama desinformación, y una desinformación global es más peligrosa que cualquier microorganismo porque para el miedo no existen retrovirales. Uno se caga patas abajo y arrampla con lo que sea como un rinoceronte. 

La desinformación o la “contrainfromación” global es más peligrosa que cualquier microorganismo porque para el miedo no existen retrovirales.

Yo no tengo opinión sobre el COVID-19. No tengo ganas de conocerlo ni mucho menos de convivir con él. Pero haciendo memoria, creo que la famosa Gripe-A alarmó lo mismo y luego se quedó en poco o nada. Yo mismo creo que la padecí y aquí estoy, quizá con alguna tara mental como consecuencia de los estornudos, pero poco más. Ahora es el coronavirus el que marca paquete, el que nos la está liando. Y otra vez viene desde Asia. Y otra vez se venden mascarillas a cascoporro. Y otra vez los medios de comunicación haciendo caja, como los laboratorios; y las empresas de termómetros; y las de material sanitario… Vaya, que no quiero insinuar nada, que no creo que sea una conspiración o un movimiento de nadie para ganar dinero; que como mucho se me ocurre que, una vez más, unos cuantos chinos estaban experimentando con un virus y se les ha ido de las manos, y para entretenernos han contado que el bichito ha aparecido en un mercado de Wuhan porque a un armadillo se le escapó un pedo. Pues vale.

"Cuando el peligro desaparece seguimos mascando hierba pero tarde o temprano volveremos a tropezar en la misma piedra".


La cuestión es que, nos guste o no, estamos en guerra contra el bichito cabrón. Y aquí no sirve de nada ser malpensado o practicar onanismo mental porque, como en las otras guerras, da lo mismo quién dispare la bala o apriete el botón de la bomba. Si te toca, date por jodido… o no. Ahora mismo importa el hecho en sí, no cómo ha aparecido. En cualquier caso, no aprenderemos nunca porque somos el peor de los animales. Cuando el peligro desaparece seguimos mascando hierba como si nada hubiera pasado, pero tarde o temprano volveremos a tropezar en la misma piedra, esa cualidad de imbécil que nos distingue de los seres vivos, de todos.


lunes, 17 de febrero de 2020

Va de relleno


Este año me había propuesto escribir en el blog al menos dos veces al mes y ya voy en falta. La verdad es que tampoco hay nada que me anime a hacerlo. Ya dije que de política ni se me ocurría volver a intentarlo. Tampoco es que haya mucho que opinar vistas cómo van las cosas. En fútbol pasa lo mismo. Y en la calle. O me estoy convirtiendo en un aburrido pasota o es que realmente no hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera el coronavirus me anima a escribir aquí.
No soy un gran usuario de redes sociales. Simplemente las consulto, doy los “me gusta” que me parece y ya está. Y lo que advierto desde hace ya un tiempo largo es la gente está desilusionada, como yo hoy. Y lo noto sobre todo en que el 90% de la peña que habita el orbe digital y virtual es monotemática. Si niño, solo niño. Si perro, solo perro. Si política de un color determinado, pues eso, que no hay quien les mueva.
Yo tampoco puedo decir que me salga del carril. Lo mío son los libros, generalmente los propios por eso de que si no se promociona uno mismo no lo hace nadie. Y alguna vez saco a colación a mis hijas, a mi perro, o una gilipollez que me ha hecho gracia. Y, por supuesto, los artículos de este blog, al que no echo el cierre por falta de temas de puro milagro. Si lo mantengo es fundamentalmente por tener un canal propio para ciscarme en la madre de alguien cuando lo estime conveniente, que si lo pones en un post del Facebook suena a berrinche y aquí, al menos, parece que te lo has pensado y es mucho más serio.

La foto también es de relleno. Bueno, es la más actual que tengo y no salgo mal... Creo...

A lo que iba, que hoy no quiero entretenerme: me faltan temas. Igual es que todo me la empieza a soplar, vaya usted a saber por qué, por la edad o porque sí, porque uno es muy comprensivo y condescendiente, pero hay veces que hace las cosas simple y llanamente porque le sale de los coj*nes. Y ahora no me sale de los mismos ponerme a escribir. O sí. ¡Yo qué sé!
En fin, que nada, que esta aportación es casi de relleno pero con un sentido, vaya, que me incentive a seguir contando lo que se me pinta, que un día de bajón lo tiene cualquiera y hay que mantenerse al timón.



viernes, 31 de enero de 2020

¡Vamos (que nos vamos)! - BRExit


Siendo estudiante, a finales de la década de los 70, todas las mañanas tomaba el autobús en el Paseo de la Castellana a eso de las 8:30 para acudir al colegio. Soy tan antiguo que, de la época de la que hablo, los autobuses tenían un cobrador en la parte trasera que se dedicaba a la honrosa tarea de darle a la manivela de un aparatito de generaba los títulos de transporte como una máquina de hacer churros. Recuerdo especialmente a un cobrador de la línea 14, regordete, cincuentón, campechano y con voz cazallera. Tenía un excelente sentido del humor para ser tan temprano. Un día, cuando el vehículo arrancó para llegar a la siguiente parada, dejó tal humareda detrás que exclamó: “esto contamina más que un DC-9”.
Bueno, pues aquel profesional del billetaje (y otros de sus compañeros), avisaba al conductor con un doble toque de timbre para que pudiera cerrar las puertas y arrancar. La maniobra era acompañada siempre por la misma arenga a los viajeros: ¡Vamos, que nos vamos! Entonces, si la afluencia de personas en aquella hora punta sobrepasaba el espacio físico del autobús, nos espachurrábamos todos contra todos sujetando las moneas a duras penas en las manos, unas manos que, ante tal presión de cuerpos contra cuerpos, parecían acortarse como las de un tiranosaurio.
Pues ese “¡Vamos, que nos vamos!” se ha reproducido hoy en mi cabeza con el mantra del Brexit, porque es lo que me parece escuchar desde Londres… o quizá desde Bruselas, o desde las dos capitales a la vez. ¡Vamos, que nos vamos!, que donde ayer dormían 28 ahora solo quedan 27. La verdad, ante tal circunstancia no creo que haya que ser alarmistas. Un divorcio como este, más o menos de mutuo acuerdo, no deja de ser un acto cotidiano. Ninguno de los dos lados tiene ganas de quedar mal parado ni de hacer daño a la otra parte. Porque en estas situaciones, si uno va bien el otro también gana, y viceversa.

Mezclar en una sola imagen un autobús de la EMT de la década de los 70 y su cobrador con una bandera "británico-europea" choca, quizá tanto como UK ha chocado con el resto del continente desde siempre.
Tener a los británicos fuera de la familia en algunos casos será perjudicial porque son ese cuñado que tiene pasta y lamentablemente ha pasado a ser un “ex”, pero también será beneficioso porque, cuando le toque aflojar el bolsillo (que le tocará), tendrá que soltar más mosca de lo que antes hacía, y eso tampoco está mal. Así que, bueno, cambiarán condiciones, hábitos y costumbres, y donde antes no se pagaba ahora se pagará, y donde antes no se enseñaba el carné ahora tocará. Pero no mucho más.
No voy a echar de menos a los británicos porque no suelo viajar al Reino Unido y, además, cuando lo he hecho, no había nada que me recordara que pertenecían a la UE. Las unidades de medida son distintas, la moneda es distinta y conducen por la izquierda. Ellos están muy orgullosos de los suyo y los europeos de lo nuestro, y si alguien no te quiere lo mejor es dejarlo marchar porque, es estos casos, tanta gloria lleva como paz deja. Y eso nos hace mucha falta aquí, tanto en España como en el resto del planeta: PAZ.


jueves, 9 de enero de 2020

Lo veo…, ¡y cinco más!


Hace un tiempo escribí en este mismo blog que no volvería a hablar de los partidos de fútbol entre el Real Madrid y el F.C. Barcelona. Era la época del provocador y malintencionado de Mourinho, que lo único que consiguió fue enrarecer el ambiente de la selección nacional y jodernos a todos los españoles. Los hinchas de uno y otro equipo, los de verdad, esos a los que nos gusta el fútbol por encima de todo, a los que huimos de fanatismos, esos que nos hemos llevado generalmente bien porque las vaciladas después de los partidos son siempre graciosas, acabamos casi a pedradas porque aquel imbécil consiguió que pasáramos de las bravatas a las descalificaciones, incluso a las amenazas. Por eso decidí no hablar nunca más de ello, y lo he cumplido.

Cuando tratar de poner un poco de paz y cordura es seguro que se malinterpreta y puede resultar excusa para que otros sigan tirando con bala o, aún peor, te aplaudan o te repudien, lo mejor es coserse la boca y las manos (que no las ideas y la opinión).

Hoy, de nuevo solemnemente, voy a prometer no hablar de política en este blog. Lo que el españolito de a pie lleva sufriendo en sus carnes desde hace varios años no tiene ni nombre ni excusa ni explicación con un mínimo de razonabilidad, pero lo que he leído en los tres últimos días me ha puesto los pelos de punta. No seré yo quien eche más leña al fuego, al incendio, sí, a este incendio de dimensiones australianas. En redes sociales empiezo a sentir el odio ajeno, el “paso por encima de todos y de todo”, vamos, que solo me falta leer “¡a las armas!”. Con la experiencia que tenemos en este país en lo que a guerras civiles se refiere (las contamos por docenas), la verdad, no me cabe por ningún agujero del cuerpo el bigote de una gamba.
Y es que la situación se nos ha ido de las manos a todos. El cambio ha sido radical. Los que ya daban caña a uno u otro lado, ahora lo hacen con un hacha en la mano y con ganas de hacer daño, de enaltecer a los suyos, a los que sean. Pero es que, además, he visto en redes sociales a gente que solo hablaba de poesía y ahora predice el apocalipsis con nombres y apellidos, a músicos que llaman a la revolución, a escritores que claman por el exterminio, personas que parecían mesuradas y moderadas, que iban a lo suyo, prácticamente monotemáticas que nunca hacían ruido, y ahora parecen haber fichado por una multinacional de agitadores a sueldo, de hostigadores profesionales, gente que ha perdido el norte y, lo que es peor, llaman a perder el norte a los demás a sabiendas del riesgo que se corre con ello.
Desde luego, a mí tampoco me gusta lo que está pasando hoy en el país. Su situación política es, cuanto menos, preocupante e inestable, pero sinceramente creo que está lejos de ese armagedón que vaticinan unos o ese paraíso de diálogo que proclaman otros. Porque las viejas y, en muchos casos, sabias glorias de uno y otro lado tampoco lo ven claro, pero no nos llevan a los leones. Y el tono sube. Y la tensión sube. Y la ira sube. Y eso nunca es bueno.
Así que no seré yo quien, desde este humilde blog, vaya con mi garrafita de gasolina a ver cómo se incrementa el desmadre. Punto en boca en lo que a política y designios futuribles se refiere. Me envaino mi opinión mientras rezo para que la tormenta pase cuanto antes. Aunque me temo que la nube es bien gorda y ni unos ni otros quieren que nos deje de proyectar una negra sombra. Me reté a no hablar más de fútbol. Ahora veo el envite de la política y subo cinco más.
Es una pena y me fastidia, pero al menos pongo mi granito de arena por el bien común. Y si tú, lector, has llegado hasta aquí, ¿ves mi envite? ¿Te apuntas?