Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



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sábado, 2 de mayo de 2026

Votar a ideas o a personas


En mi última aportación a este inconstante Blog, hablaba de la importancia de nuestro voto en los países que nos regimos por reglas democráticas. No seré yo quien ponga en duda las ideologías o las querencias políticas de nadie, máxime cuando soy un demócrata convencido, de eso que, cuando consigue un buen puñado de botos cualquiera de los dos extremos (llámese Vox o... o como sean ahora: Sumar, Podemos, Izquierda Unida, Más no sé qué... ―creo que me entienden―), hago justamente lo que no hacen ellos, que es aceptar el resultado porque, y esto no puede ser más democrático, es lo que la gente ha elegido. No puede ser que si gana la extrema izquierda haya que aceptarlo y si lo hace la extrema derecha no sea de ley, cuando hay que tener en cuenta que son los mismos perros con distintos collares. Ambos extremos, más pronto que tarde, se suelen pasar la opinión de los paisanos por el forro de sus caprichos. Viene desde siempre y ahora lo han practicado por igual Pablo Iglesias y Santiago Abascal. “Si no estás de acuerdo conmigo, a la puta calle”

Decía que lo importante en estos tiempos que corren en el planeta es, quizá, dejar un poco de lado las ideologías y centrarse en las personas. Si siempre has votado al Partido Amarillo (por no concretar ninguno, ni en ningún país), y lo haces porque eres afín a sus ideas, y quien manda en ese partido es un perfecto zafio, inútil, pirado, ególatra y mala persona, es cuestión de repensarse por un momento el voto y ser quizá un poco más práctico, porque lo mismo votas a tus ideas y el bicho que hay en el poder te sale rana.

"¿Le dejarías a tu madre el cuidado de tus hijos si no confiaras en ella por encima de sus ideas políticas?"

Ejemplos a día de hoy los tienes a puñados, de un color de y de otro, tristemente de un país y de otro (antes solo me metía con España pero la cosa se ha extendido). Si soy profundamente americano y republicano, voto a Trump y a la primera de cambio lía una planetaria: se enemista con todos los países que puede, me sube los precios de todo, me mete en una guerra, y todo por hacer América Grande (cosa muy subjetiva) a cualquier precio. Es la consecuencia de votar a un mercachifle que solo sabe hacer dinero “para él” ya la par es un obtuso e ignorante consumado.

Lo mismo ocurrió con Chávez en Venezuela. Muchos paisanos se dijeron que, por muy animal que fuera el sargento, no votarían a los capitalistas jamás y ahora ya ni siquiera pueden votar (aparte de morirse de hambre, no tener libertad, etc...).

De ahí viene esta reflexión de jardín de infancia...

En España nos pasa lo mismo, que estamos regidos por un tipo que pasa sistemáticamente de las leyes, el equilibrio del poder, el respeto a las instituciones... y todo bajo un discurso que, los que hemos leído algo de Historia, lo calificaríamos de muy antiguo y, sobre todo, de macarra de verbena.

Ideas como “si soy de derechas, jamás votaré izquierdas así mi líder me la líe gorda y pierda derechos, dinero, incluso la vida” no son las mejores. ¿Le dejarías a tu madre el cuidado de tus hijos si no confiaras en ella por encima de sus ideas políticas? Si mi madre es una pirada de la vida, no le dejo a mis hijos allá tenga el mismo color político que yo. Y al contrario: ¿le dejarías a tu hijo siendo de un color contrario al tuyo pero sabiendo que va a cuidar al niño casi mejor que tú?

Pues de ahí viene esta reflexión de jardín de infancia que hago. ¿Es mejor votar a ideas que a personas, o viceversa?



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