Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


martes, 4 de abril de 2017

Recuperar Gibraltar

Hace exactamente 26 años que visité por primera y única vez el Peñón de Gibraltar. También la llaman la roca. A mí me gustaría bautizarla como El Mojón. Es más español, aunque realmente, después de haber visto lo que allí vi, por lo que a mí respecta se lo pueden ir quedando. En Gibraltar no hay nada que merezca la pena contar, conservar o de la cual sentirse orgulloso, algo por lo que discutir con un británico. Que El Mojón de Gibraltar sea una colonia británica, aparte de decimonónico, no tiene por qué resultarnos más que el trastorno de tener un vecino molesto. Y la verdad es que a eso, a ser vecinos molestos, les ganamos a casi todos en el mundo (menos a los chinos). Yo no conozco nada más cargante que un andaluz dispuesto a tocarle los webos a su vecino.
El Mojón no deja de ser una parcelita de mierda entre Europa y África. La importancia geoestratégica del lugar es innegable aun estando en pleno siglo XXI. Supongo que un buen satélite resuelve muchas de esas necesidades. El resto, con una Armada del copón de la vela como la británica, está solucionado. Tampoco España se tiene que sentir en inferioridad de condiciones. Estando a un kilómetro (exactamente a dos) al oeste de Gibraltar, el tema geoestratégico no debería tener mucha importancia. Otro tema es tener a un “borracho bebepintas” como vecino en un paso tan importante como es el Estrecho para poder ejercitar en la zona su prepotente, obsceno y macarra “ordeno y mando”. Eso resulta incómodo e, incluso, peligroso. No hay nada que hacer cuando discutes con quien se cree el pueblo elegido de Dios con los habitantes más inteligentes de la galaxia.

Gibraltar no deja de ser un trozo de tierra donde el Reino Unido ha instalado un parque temático de corrupción. Y a nosotros los españoles nos encanta eso. Así que menos quejarse, que casi que nos conviene que siga en sus manos. En las nuestras lo echaríamos a perder.
Tocar las narices a los británicos no es buena idea. Si lo hacemos (como poder, podemos hacerlo), nos arriesgamos a que el número de turistas colorados como gambas y cocidos como langostinos descienda en picado (y son muchos millones de hooligans los que vienen aquí todos los años). A la vez que estos comedores de fish & chips se desvían a Croacia (por ejemplo), pagarían alguna que otra represalia los 300.000 españolitos que curran en U.K. Total: que si ellos no vienen y encima nos devuelven a los compatriotas que se han ido, hacemos un buen pan. Asumamos de una vez que, como somos un país mediocre -muy mediocre-, tendremos que tragar con lo que pase (que será sin duda alguna contrario a nuestros intereses). Tengo por seguro que nos volverán a humillar como llevan haciéndolo casi 300 años, y encima tendremos que dar las gracias.
Pero que nadie pierda el sueño con Gibraltar, porque eso va a seguir así por lo siglos de los siglos. No merece la pena. Únicamente nos queda seguir usando nuestra arma secreta: utilizar la gama de insultos del castellano -la más amplia e imaginativa del mundo- para ciscarnos en ellos, su historia, su imperio y su reina, aprovechando que un inglés jamás aprenderá español así lleve aquí 40 años veraneando en la Costa del Sol.

Mi madre (y mi abuela) decía que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Pues eso es lo que nos queda. Poco más. 



martes, 28 de marzo de 2017

España es muy insolidaria

En España, nos vanagloriamos dentro (y nos felicitan fuera) de ser un país tremendamente solidario con todo aquel que necesita nuestra ayuda. Y no es cierto. Ni mucho menos. Lo que ocurre es que nos encanta hacerlo de cara a la galería. Somos como esos adolescentes que van a casa de los amigos y allí se ocupan de poner y quitar la mesa, hacer la cama si se han quedado a dormir, ayudar a colocar la compra en la despensa si coincide que la madre del amigo llega con ella a la cocina, a fregar, a barrer…, a lo que sea con tal de quedar bien, pero luego en su propia casa no hace ni el webo. Sé por mis tías que mi padre lo hacía en casa de sus amigos, que yo lo hacía en casa de los míos, y mucho me temo que mis hijas lo estarán haciendo en las de las suyas. Debe ir con el ADN de los españoles, aunque también aviso que cada vez menos, mucho menos.
Toda esta comedia de solidarios insolidarios me viene a la cabeza a raíz del conflicto surgido en ese reino de Taifas donde los estibadores de los puertos campan a sus anchas. Al igual que hicieron en su día los controladores aéreos, estas personas se aprovechan de una labor fundamental en la economía del país para hacer de su capa un sallo y de su cuenta corriente una mina de oro. Manejar una simple grúa y jugar al tetris les supones, al que menos, 60.000 € al año, siempre y cuando sea cuñado de otro estibador y entre por enchufe, con un periodo de prueba de 6 meses y a partir de ahí curro de por vida. Como los controladores, crean su club privado y ahí no entra ni dios, ni para trabajar, organizar, consensuar… Ni dios, digo.

Prohibida la entrada a cualquier persona ajena a la familia, los amigos o los enchufes. Imprescindible falta de decoro e insolidaridad palpitante. 

Hasta que a Bruselas se le ha llenado el gorro de sopas y se ha plantado. Y los estibadores, como en su día los controladores, te montan el pollo porque su privilegios (que son insultantes para el resto de la población) están en entredicho. Digo insultantes pero también se me ocurre vejatorios, humillantes o despectivos. Que un operario gane más que un médico (por ejemplo) o que, ¡joder!, que triplique el sueldo medio de este país, es para pararnos todos a reflexionar (porque ellos no lo van a hacer). De todas formas, estamos en el mercado de la oferta y la demanda, y si alguien paga tamaña cantidad porque le manejen una grúa, pues sea. Yo ya no me refiero al sueldo, sino al hermetismo de este colectivo insolidario a que cualquiera pueda conseguir un puesto como estibador. Coto privado, señor mío.
Y aquí es donde apelo a la insolidaridad de este país. Y no lo digo tan solo por los estibadores, que son capaces de parar un país para defender el seguir viviendo como reyes (como los controladores), sino que cualquiera de nosotros, cualquiera, seríamos idénticamente indecorosos, egoístas, rastreros y deleznables si alguien tratara de quitarnos un privilegio, cualquiera, por pequeño que sea. Somos muy solidarios con los de fuera, negritos, asiáticos, moritos, refugiados…, pero somos tremendamente insolidarios con nuestro país, capaces de enrocarnos en privilegios injustos mientras aquí hay cuatro millones y pico de personas que las están pasando putas.
Que digo yo que, si hay para repartir un poco, que se reparta, que es una forma de abrir las puertas de ese guetto de lujo y acomodar el sueldo a la realidad para crear alguna que otra docena (o docenas) de puestos de trabajo, y no solo con controladores y estibadores, sino con otros muchos cotos privados donde los asociados se enroscan como serpientes y muerden para defender su insolidaridad del resto del país. Eso sí, hay que acoger aquí a todo dios si viene de fuera… pero con el dinero y el esfuerzo de otros. Que a mí no me lo toquen. Manda webos.


lunes, 13 de marzo de 2017

El aburrimiento de Unidos Podemos

Cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas. Eso es lo que le pasa a Unidos Podemos, que cuando no tienen la atención que reclaman de la opinión pública, se inventa lo que sea para hacerse notar. Lo último ha sido presentar una proposición no de Ley en el Congreso de los Diputados en la que exigen que se erradique cualquier manifestación católica del ámbito público, incluida la misa de los domingos que TVE emite. No tengo acceso al texto de la proposición de ley pero me llama la atención el término “católica”. Me hubiera parecido bien, coherente y sujeta casi a Derecho que hubieran pedido el cese de emisiones de cualquier manifestación religiosa. Incluso la hubiera apoyado. Pero si han puesto explícitamente “católica”, son ganas de sembrar cizaña donde no la había.
Quizá Unidos Podemos ignoran que TVE también emite programas de otras confesiones religiosas, entre otras, me consta la judía y la musulmana. ¿Por qué no piden que tampoco se emitan estos programas? Cierto es que no se dan por televisión las ceremonias de estas dos religiones y de la misa sí se hace, pero creo que es buscarle cinco pies al gato, darle vueltas a las cosas por el simple placer de enfrentar a la gente. Tamara Falcó ha salido en defensa de la misa y le ha caído la del pulpo por ejercer su libertad de expresión. Es lo que le ocurre a los extremos, sean de derechas o izquierdas, rojos o azules, que defienden la libertad de expresión siempre y cuando no vaya contra sus cánones, sus credos, sus formas de vida o, lo peor, contra su programa político.

Me da a mí que los cristianitos españoles no van a conseguir nada hasta que sean una minoría perseguida. Entonces, como cualquier otra minoría, gozarán de los favores de estos partidos. O a lo peor, ni por esas.
Estamos en un país en el cada uno cree en lo que le da la gana. Algunos no creen en nada, y algunos respetamos en lo que crea cada uno. Pero estos tipos que siempre se erigen en paradigma de respeto, de demócratas y de mentes preclaras (repito, cualquier extremo, aunque esta vez le haya tocado a la izquierda), son capaces de prohibir el catolicismo y continuar permitiendo que se emitan programas sobre la religión judía o musulmana. Pues en una democracia, en este sentido, funciona el café para todos, es decir, que tienen presencia todas las religiones o no la tiene ninguna. ¿O es que los señores de Unidos Podemos tienen los webos suficientes como para declarar públicamente que no quieren al Islam en la TVE pública? Pues no, ya le digo yo que no los hay. Tampoco hay cerebro para respetar la cultura y las costumbres de un país. Eso sí, en manipulación sobre masas hay que darles un sobresaliente, que para eso son unos verdaderos hachas.

Señores de Unidos Podemos: si se aburren y además ven que no terminan de pegar un subidón en votos como para poder gobernar, invéntense cosas más inteligentes, que no perjudiquen a nadie y, sobre todo, que no enfrenten a la gente, que son ganas de sembrar discordia en asuntos donde, hasta hoy, no la había.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Compromiso frente a huevos.


Y yo que quería al menos aportar un par de artículos al mes en este blog, y ya he pinchado en febrero. Pronto comienzo a fallar en mis propósitos. Así que, para no cejar en mi empeño, me propongo hacer tres a lo largo de marzo y así recuperar mi media de dos al mes, veinticuatro al año. Espero conseguirlo.
Y no será por temas para comentar, que últimamente la actualidad nos oferta juicios por casos de corrupción para todos los gustos y colores. Hablar de comisiones empieza a ser burdo. Pero derivado hay cosas más jugosas como, por ejemplo, apreciar la manera en la se les empiezan a ver las costuras a algunos políticos, sobre todo a aquellos que están relacionados con ciertos pactos de investidura que, desde mi punto de vista, no van a durar demasiado. Aquí vamos a comprobar, por un lado, si Rajoy iba en serio o fue un brindis al sol (apuesto por lo segundo), y por otro lado si Ciudadanos, como ha alardeado siempre, tiene la parte genital bien grande y acomodada en su sitio para denunciar el acuerdo y romper con todo tipo de apoyos, o hace mutis por el foro, se inventa una excusa relativamente válida y, hablando de acomodar, se va acomodando en las sillas del poder (igualmente, también me inclino por lo segundo).
En definitiva, hagan lo que hagan, quien se está jugando el futuro de su partido es Albert Rivera. Si el PP no hace dimitir al presidente de Murcia y Ciudadanos no rompe el pacto, el catalán va a perder votos a mansalva. La gente que confió en su partido lo hizo porque quería nuevas ideas y más compromiso. Si a la primera de cambio se deja seducir o acomplejar, mal van. Por el contrario, al PP le beneficiaría que no se rompiera el pacto, primero para seguir gobernando sin sobresaltos, y después para demostrar que es un partido fuerte que puede con todo.

Dicen que las palabras se las lleva el viento. En España las escribes y se las llevan por delante los hombres.

Sea como fuere, aquí los que realmente están perdiendo protagonismo en este momento son PSOE y Podemos. El primero porque, hasta que no se pongan de acuerdo y se unan como una sola idea, no dejarán de dar el espectáculo por el lado que no deben. Y los otros porque nadie cuenta con ellos, no les invitan a nada y les obvian cada vez que pueden. Además, una vez resuelta la papeleta de las dos corrientes, Pablo Iglesias no cesa de darnos clases de democracia, esa idea que únicamente pervive en él, emana de él, la esencia está solo en él, vamos, que los antiguos griegos a su lado no tenían ni puta idea de lo que era la democracia (imagínese el lector el resto de los mortales). Este profesor universitario, que devalúa sin duda al colectivo, da clases de democracia a todo el universo interestelar de la galaxia excepto cuando toca aplicarla en su partido. Entonces él ostenta todo el poder, y se lo otorgará a las masas cuando le salga del bolo. Si repasamos la Historia, personajes “peculiares” como este botarate han pasado a los libros no precisamente como ejemplo de cosas admirables.

En fin, que espero que marzo nos vaya dando un poco de cuartelillo con otros temas más interesantes de los que opinar. Me queda pendiente Trump, pero me tiene tan despistado que, de verdad, no sé todavía por dónde meterle mano. Aunque no desespero. Llegará el día.


martes, 14 de febrero de 2017

San Valentín, ese chivato acusador

Y llegó el día más pasteloso de todos los del calendario: san Valentín, una festividad comparable a la Navidad porque es el día en el que se celebra el amor (conyugal o universal) para respetarlo durante 24 horas. De esa manera  los demás días del año no tenemos que celebrarlo, ni siquiera practicarlo.
De san Valentín (el santo) se sabe más bien poco. Por lo visto fue un hombre al que decapitaron en el siglo III. Poco (o nada) ha llegado a nuestros días que se pueda dar como cierto. Se dice de él que lo ejecutaron porque casaba a los soldados del Imperio en secreto cuando estos tenían prohibido el matrimonio. No, lector, no los casaba entre ellos, sino con sus respectivas enamoradas (lo explico porque a mí me ha costado un poco coger el sentido de la frase cuando la he leído). En definitiva, san Valentín era una especie de caramelo envenenado porque hacía triunfar el amor por su santo designio, ignorando que después al contrayente le podía caer la del pulpo y, de hecho, él mismo perdió la cabeza por su obsesión. Eso sí, le hicieron santo. No sé por qué y prefiero no pensarlo.
Lo que queda claro es que es un día tremendamente injusto, delator, separatista, acusica, humillador, lo mismo que ocurre con el día del padre, el día de la madre o, por ejemplo, el día de la mujer trabajadora. La gente hoy se felicita (exclusivamente entre enamorados) y a los demás que les den morcilla. El día del padre sólo lo celebran los padres; el de la madre las madres; y el de san Valentín tienes que celebrarlo por cojones porque si no te estás acusando a ti mismo de ser un solitario amargado al que no quiere nadie. Es un día injusto, muy injusto. Como si enamorarse o tener pareja fuera obligatorio, por cojones. Porque en caso contrario, tu condición de buena persona, aceptada por la sociedad en la que los buenos valores se te presuponen, queda en entredicho. En este país, ser soltero o, simplemente, no tener pareja, es casi sinónimo de egoísta, aprovechado, tipo que vive a su aire sin importarle un carajo los demás, poco escrupuloso y contrario al compromiso. O de feo, si, también puede ser sinónimo de desagradable a la vista. O de bicho raro. Da igual si eres soltero por obligación o por devoción. Eres un hueco oscuro de dudosa intención en una dentadura perfecta.

Deberían quitar este día del calendario. La Iglesia lo hizo en 1969 pero quizá por lo que representa el santo y el año en el que se intentó que lo olvidáramos, se sigue celebrando.

Jamás de los jamases he celebrado el día de san Valentín estando solo o en pareja (lo de estando solo es un cruel eufemismo). Porque el día de los enamorados, como reza la manida lógica, deberían serlo todos. Lo mismo pasa con la Navidad, que debería celebrarse a diario. Lo que ocurre es que no podemos renegar ni evitar nuestra condición de seres humanos. Nos cansamos, nos olvidamos, renegamos e, incluso, odiamos. Y al final no volvemos a creer en san Valentín o en la Navidad hasta el año siguiente. Vaya, que esto no tiene por dónde cogerse.

Así que, respetando la libertad de cada uno, yo voy a continuar por quincuagésimo primer año consecutivo obviando a san Valentín, su celebración y a su pastelera madre en el trampolín de la muerte, ya sea estando solo o emparejado, situación cuya posibilidad de repetición es muy remota, hasta el extremo.