En enero nos dejaba don Manuel Fraga y
ahora, en el mismo año, lo hace Santiago Carrillo, personaje al que
los periodistas no solíamos colocar el “don” delante quizá por eso de
que, al ser de izquierdas, él mismo decía que le sobraba
tal distinción.
Pero si algo tenía Santiago Carrillo
era don, como nombramiento y como cualidad, porque, al igual que su
compañero de parlamento Fraga, los dos eran líderes y ejercían como
tales, y no como nos ocurre ahora, que no tenemos líderes casi
ni en el fútbol, muchísimo menos en política.
Sin
entrar en valoraciones políticas, Carrillo era un tipo que me caía
simpático. Y si una vez le dediqué un artículo a Fraga ("Los garbanzos de Manuel Fraga"), este hombre no podía ser menos. No coincidí nunca con él (con Fraga una vez poco antes de su muerte), y me hubiera gustado hacerlo porque
lo intuyo como gran conversador, de palabra fácil y agradable por
lo que he percibido siempre en las entrevistas que he podido ver en televisión. Pero
sobre todo, yo creo que la gran virtud de este hombre era su coherencia, alguien que
tenía las ideas todo lo claras que se pueden tener en la vida, y
las defendía y promulgaba casi hasta las últimas
consecuencias. De hecho, cuando Franco murió y se inició la Transición,
el mérito de Carrillo fue impulsar la democracia sin dejarse nada en el
tintero como comunista (no cedió a sus pretensiones) y ser lo
suficientemente inteligente como para buscar una
fórmula flexible que permitiera a Suárez sacarle de la clandestinidad
con garantías parta él y los suyos, y sin que los derechones se vieran
demasiado amenazados. Para ayudar, además, se remansó en su discurso y
no lo radicalizó hasta que las aguas estuvieron
calmadas años más tarde. En su caso, él sí que demostró que amaba a su país y que estaba dispuesto a sacrificar algo en pro del resto de españoles, cosa que otros no pueden decir.
Carrillo y Fraga, dos políticos de ideas muy opuestas, pero dos caballeros al fin y al cabo. Descansen en paz... seguramente cada uno por su lado. |
Por eso, y por ser un caballero en el
congreso, merece al menos el título de don (si no más). Ahora saldrán
los agitadores y gilipollas de turno hablando de la Guerra Civil, de
Paracuellos y de no sé qué más, lo que me confirma que éste
es un país con muy poquitas luces, justo las que lucían con habilidad
personas como Carrillo. De aquella época de primeros espadas en la política sólo nos queda Adolfo Suárez y Felipe González. El primero se vació por España y ahora, lamentablemente, el pobre ya no tiene nada que decir. El segundo vive la vida y de vez en cuando nos deja una perla como aquella que soltó justamente en el acto en el que coincidí con Fraga, que decía que "rectificar es de sabios, pero hacerlo todos los días es de necios", en clara alusión al mediocre de Zapatero.
Por eso echaremos de menos a gente como ellos, pero hoy, en especial, a una figura de izquierdas que quiso a su país tanto (o más) que otros que llevan a gala como si fuera suya una bandera que es de todos. Por eso, descanse en paz.
Fraga y Carrillo, dos políticos de la casta política parasitaria, no hay más.
ResponderEliminarDiferentes en apariencia, iguales en esencia, los dos han vivido de lo mismo.