Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


martes, 29 de septiembre de 2020

Por las patas abajo

Ni las prisas ni la rabia son buenas consejeras. Por eso, en los momentos que, por gracia o desgracia, me ha tocado vivir, hay temporadas que me contengo. Prefiero tener la boca cerrada en esos días (meses) que asaltaría las páginas de este blog con una antorcha en una mano y un machete en la otra.

Quizá sea cansancio, pero esa sensación iracunda de poner patas arriba todo lo que se me cruza por la cabeza, va desapareciendo con el paso de los días. Cada vez estoy más atemorizado. Y la culpa no la tiene el virus. Si el bicho tuviera una mínima gota de inteligencia nos habría aniquilado en apenas unas semanas. Parece mentira que, siendo un virus, se sepa de memoria el aforismo “divide y vencerás”. Y no solo en España, en concreto en Madrid (que me pilla más de cerca), sino a nivel planetario (como diría la Pajín).

Y es que no hay que reflexionar excesivamente acerca de lo que está ocurriendo en el mundo para darnos cuenta de que este periodo en concreto, por muy corto (ojalá) que sea, tendrá que pasar a los libros de Historia como prueba de la madurez en la política global y la conciencia social del ser humano. En verdad estamos haciendo acopio de actitudes reprobables. Los gobernantes se pelean entre ellos para ver quién la tiene más larga (la influencia), y el virus se despendola. La solidaridad ya brilla por su ausencia y, ante dicha ausencia y la omisión de medidas de control, el virus se despendola. Nuestra ansiedad se circunscribe a no poder vaciar tercios de cerveza en una terraza. Cuando vemos una mesa vacía en la calle, la asaltamos como bárbaros, y el virus campa a sus anchas.

Tampoco nos rasguemos las vestiduras pensando en nuestro país. En Europa pasa lo mismo. Los guiris que han podido venir a España a ponerse como cangrejos, se lo han bebido todo allá en sus países de origen.

En breve el despropósito continuará. Cuando se encuentre una vacuna relativamente fiable, habrá países que acaparen el mercado, otros que no sabrán por dónde les da el aire y muchos a los que, directamente, no le llegarán ni los envases vacíos. Esta es la evolución (o involución) del ser humano en el último siglo: dos guerras mundiales que dieron como resultado una conciencia colectiva para salvaguardar el orden y la salud mundial, y tan solo ha cuajado en dos generaciones y media.

A ver, que es verdad, que a los españoles nos la pela todo, y al resto del planeta también, aunque cada uno con un estilo diferente. Los chinos exportan y hacen caja. Estados Unidos acapara. Rusia mete cizaña. Brasil sigue de fiesta. Reino Unido empeñado en separarse de Europa de malas maneras. Y el resto hace quinielas para vislumbrar a que ascua deben acercarse llegado el momento.

Por eso estoy atemorizado, porque, además, en España nos gusta la cocina bien condimentada, con estilo. Con los problemas que tenemos y los que nos vienen de manera microscópica, nos dedicamos a seguir echándole pellizcos de Guerra Civil, nacionalismo, corrupción y lucha de clases con tufo demagógico-decimonónico. No son cortinas de humo. Yo cada vez estoy más convencido de que la gente todavía se divide al resto en rojos y fachas, vencedores y perdedores, españoles y catalanes (y vascos), monárquicos y republicanos, ricos y proletarios. Para ellos, bueno, para casi todos, estas cuestiones son muy importante ahora, cruciales, tanto o más que el virus, porque el bichito nos hace recordar heridas que deberían haber cicatrizado hace décadas. Pero siempre hay un hijoputa de cualquier color, condición, sexo, religión o nacionalidad (real o inventada) dispuesto a resucitarlas. Lo que me extraña es que nadie, pero nadie, se meta con Fernando VII. Sin tan listos, cultos e inteligentes son, se están olvidando de las verdaderas miserias de este país.



En fin, la verdad, echo de menos a Fernando Fernán Gómez y sus jaculatorias, sobre todo aquella famosa que nos enviaba a…



jueves, 20 de agosto de 2020

Buenas noticias para las cucarachas

¿Por qué no pasar del pesimismo al catastrofismo? Vivimos en un país libre donde cada uno piensa y dice lo que le da la gana, ¿no? La diferencia entre la verdadera libertad de expresión y la corrompida es que hay mucho hijo de puta que se ampara en ella únicamente para insultar, menospreciar, provocar o humillar al prójimo, y otros lo hacemos simplemente para formular una opinión sin esconder nada detrás, de manera transparente.

Desde que se declaró la pandemia tan solo he escrito tres entradas en este blog. La primera era para envainarme mi opinión sobre el virus. Metí la pata en febrero y, en lugar de borrar el artículo y donde dije “digo”…, lo que hice fue entonar el ¡qué burro he sido”. El segundo fue para reflexionar acerca de cómo nos estaba cambiando el punto de vista el maldito bicho. Y el tercero para dejar constancia de que Pau Donés era un buen tipo que siempre mereció mi admiración. Tres rajadas en seis meses son muy pocas rajadas. Y en mi caso, además, muy suavecitas. De hecho, en mayo y julio ni siquiera hice el intento. No me veía con fuerzas.

Con esto del bicho la polémica estaba servida desde el primer momento. Las teorías, ya sean estas personales, científicas, conspirativas, conspiranoicas o, simplemente, descabelladas, son todas respetables y lícitas mientras no obliguen al resto a pasar por el aro de su credo. Quiero decir que tú puedes creer la que te dé la gana pero no obligues al resto a que se lo trague. Únicamente podrías hacerlo si hay una demostración objetiva e irrefutable de hechos comprobados, y la única que puede hacerlo hoy es la ciencia. Y a día de hoy, únicamente ha demostrado que existe un bicho que nos está infectando. Y poco más puede afirmar.

Yo entré en esta pandemia con gesto curioso. Luego, cuando se despendoló en este país de mierda, me acojoné. Y a medida que pasaba el tiempo, tuve una pizca de esperanza para después ir cayendo en el pesimismo más absoluto hasta rozar ya una visión catastrófica. Y voy a hechos objetivos, sin conspiraciones ocultas.

El bicho está haciendo estragos, no solo en la salud y en la economía. Creo que va mucho más allá cuando afecta de manera muy seria a la propia condición humana. Está sacando lo peor que llevamos dentro, esos rastros de ADN de hombre de las cavernas que entonces predominaba para su propia supervivencia, ese aspecto que permitía actuar por instinto sin reflexionar. Las condiciones hoy no son las mismas que durante la peste medieval o la gripe española. Ahora todos vamos armados con nuestras redes sociales al hombro y cada boca tiene un altavoz. Y, lo peor, es que hay muchísimo gilipollas descerebrado que sabe usarlo.

El bicho está dando al traste con las relaciones personales, con las relaciones sociales, con la cultura, el arte, la economía, con la educación (la que se imparte en las aulas y la que algunos pocos reciben en casa), con el estilo de vida, con la propia ciencia, la política, en definitiva, con la civilización. Arturo Pérez-Reverte hace años dijo que esos canallas de Isis se habían cepillado nuestra civilización, que ya nada sería como antes, que el cambio era radical. Estoy seguro de que no podía ni imaginarse que había algo mucho peor que Isis que haría el trabajo silenciosa y limpiamente.

El tiempo pasa, pero vamos hacia atrás

Soy pesimista con el futuro. Muy pesimista. ¿Qué importa que salga una vacuna? Algún hijo de puta la hará suya, un americano, un ruso, un chino, incluso un pánfilo europeo, y tendrá la sartén por el mango. En las películas de ciencia ficción, cuando nos visitan los alienígenas (los buenos, quiero decir), siempre los han presentado como sistemas armónicos que ya tienen resueltos todos esos problemas que marcan las diferencias internas. Tipos íntegros y éticos que han evolucionado. Aquí está pasando lo contrario. Creo que, dadas las circunstancias, en este caso estamos presenciando una verdadera y palpable involución del ser humano, varios pasos hacia atrás, y a grandes zancadas, con España en el top-10. Ojalá me equivoque, pero esta época se estudiará en los libros de Historia dentro de capítulos pertenecientes a la sociología, psicología y psiquiatría. Vamos en dirección contraria y la hostia a corto plazo va a ser fina. Como en los juegos de mesa, o mucho cambia la cosa o vamos directos a la casilla de salida. Buenas noticias para las cucarachas.

miércoles, 10 de junio de 2020

Requiem por Pau


50 palos es el libro que hace un par de años publicó Planeta con la “no biografía” de Pau Donés, término que el mismo declinó utilizar porque decía que olía a muerto. Así que lo llenó de vivencias, ocurrencias, reflexiones, experiencias y, de esa manera muy suya de mandar indirectas de manera directa, también de enseñanzas.
Tuve la inmensa fortuna de verle en tres ocasiones. La primera y la tercera fueron sobre un escenario. Corría algún año de la primera década del 2000 cuando Jarabe de Palo visitó las fiestas de Algete ofreciendo un concierto de esos que paga el Ayuntamiento. Visto en su salsa, el chaval me pareció un tipo sencillo y cercano que, sobre todo, disfrutaba de su música con el público. Recuerdo nítidamente cuando comenzó a rasgar la guitarra con los primeros acordes de La flaca y la gente comenzó a corearla. Entonces se detuvo, meneó la cabeza como signo de negación, de frustración guasona, como diciendo… “no sigáis por ahí… Podéis hacerlo mejor”. Y el público se volcó con afinación y entusiasmo, ahora sí: “En mi vida conocí, mujer igual a la flaca…”. Sin duda, la coña estaba preparada, pero me emocionó.
La tercera vez que disfruté de su arte y de su talento fue en la Riviera, hace menos de dos años, con una de mis hijas. Antes ya había anunciado que dejaba la música, que se iba, pero que volvería. El concierto, acústico y con sabor cubano, fue espectacular. Pau estaba delgado y con el pelo rapado pero, aun entonces, lleno de vida y de ilusión. Afirmaría sin temor a equivocarme que disfrutó mucho más que todos los que fuimos a verle. Quizá a todos nos pareció que aquella noche sonaba a despedida, menos para él, que seguramente todavía albergaba un pellizco de esperanza.
Y la segunda vez que lo vi… ¡Vaya, nunca he dejado de arrepentirme! Fue antes de 2006, no sabría precisar la fecha. Ese día yo tenía una comida de negocios. Acudí con mi jefe al restaurante “La vaca argentina” que hay en López de Hoyos. Un tercer comensal, alto cargo de un banco, nos acompañaba en la mesa. Íbamos a tratar un acuerdo muy serio y estábamos concentrados en tener una comida agradable mientras perfilábamos los puntos a tratar. Y entonces apareció él, ahí, Pau Donés, con toda su banda de músicos, y se sentó en la mesa de al lado. Yo me volvía de revés. No podía levantarme y saludarle, decirle que era un profundo admirador de su música, que en aquella época de pirateo incontrolado y masivo, yo compraba sus discos en las tiendas porque merecía la pena apoyar su talento. Quería mostrarle mi admiración, arrodillarme ante él y proclamar: ¡qué grande eres, cabrón! Y no pude hacerlo por decoro, por profesionalidad, por imbécil. Me tiré toda aquella aburrida comida mirándole de reojo, disfrutando con la manera exquisita de congeniar con su equipo, con ese cariño que mostraba sobre el escenario pero que era puro porque, sí, yo lo vi, lo sentí, también repartía cuando estaba fuera de él.
Abandoné “La vaca argentina” presa del infortunio. “Ya habrá más ocasiones”, me dije, pero no las hubo. Y ese remordimiento me ha perseguido cada vez que he escuchado sus discos, que son unas cuantas veces (cientos).

¡Grande Pau, siempre Pau!
Ayer, esa hija con la que acudí a su último concierto en la Riviera, fan incondicional de Jarabe de Palo, entusiasta cuasi fanática de su canción “Realidad o sueño”, me daba la noticia de su huida. La sentí como una puñalada trapera, a traición, sin preaviso ni anestesia. Eso sí que fueron 50 palos, pero en mi lomo. Por mucho que la amenaza fuera esperada, no por ello dejaba de ser temida. Pero llegó. Y me dejó tocado, hundido.
El único consuelo que me queda son sus discos, su gesto sencillo en el escenario, su humildad, su talento. Y alguien que lo regala así, merece la pena tenerle para siempre en el recuerdo. Gracias, chaval. Si hay otro lugar donde volvamos a coincidir, enviaré mis obligaciones al infierno y me levantaré a saludarte. No más remordimientos.



viernes, 24 de abril de 2020

El calendario no sirve


Miro el calendario que tengo sobre la mesa. Cada día que pasa desde el 12 de marzo lo cubro con un marcador rosa. Y ya van casi seis semanas. ¿Es mucho o es poco? ¿Comparado con qué?
Comenzó el confinamiento emocionante para mí porque el Gobierno aún no había decretado el estado de alarma. Por circunstancias que no vienen al caso tuve que salir pitando de la oficina hacia casa. Sabía que ya no iba a salir en mucho tiempo. Me sentía un pionero. Esa jornada visité a todo correr el estanco, la gasolinera y el supermercado. La cabeza me iba a cien por hora, tanto, que al meterme en el súper dejé el coche en marcha sin darme cuenta. Ahí estuvo el valiente, media hora con el motor encendido y las llaves puestas esperándome en el aparcamiento como si fuera a cometer un atraco. Cuando regresé para cargar la compra en el maletero me di cuenta de que me lo podían haber robado con toda tranquilidad. Pensé que los ladrones no debían de acercarse con frecuencia a ese Mercadona. O quizá, que tenían la atención puesta en otras cosas, como me pasaba a mí. Así que ese 12 de marzo, sobre las 12 de la mañana, después de haber ido como pollo sin cabeza durante dos horas, me enclaustré en casita bajo siete cerrojos.

Cuando todo el mundo evangelizaba lo importante que era el “aquí” y el “ahora”, nos hemos dado cuenta de que hay un mañana imprevisible que siempre está a la vuelta de la esquina.
El párrafo anterior, si usted lo ha advertido, está llenito de números. El tema no es casual ni es baladí. Últimamente vivimos pegados a ellos a cualquier hora del día. Cifras de contagios, de fallecidos, plazos para la vacuna, para conseguir medicación eficaz, pérdidas en la economía, otra vez plazos pero ahora para la recuperación, millones de euros perdidos en material sanitario inútil, salario que nos va a quedar si estamos en el paro, o en un ERTE, y otra vez incremento de contagios, y de recuperados, y más días de confinamiento… Cifras, números, guarismos que nos marean, nos condicionan la salud mental, el ánimo, la esperanza. El calendario no sirve.
De nada nos sirve marcar ahora fechas en el calendario. ¿O sí?
Esperanza… Me hace gracia, porque una de las corrientes que más pegan ahora entre la población y en las Redes Sociales es esa de que hay que vivir el presente. Todo el mundo se arrimaba ahí porque te desconecta de la conciencia, esa parte de nosotros que nos va tocando las narices pero que, a mi entender, es fundamental para seguir caminando recto allá donde queramos llegar pero, sobre todo, a lo que queramos ser como personas. Los hay que antes de toda esta línea cuasi filosófica no utilizaba la conciencia o, directamente, no la tenían: delincuentes, criminales, ciertos políticos… Pero resulta que ahora, cuando todo el mundo evangelizaba lo importante que era el “aquí” y el “ahora”, de repente, nos hemos dado cuenta de que, pensemos lo que pensemos y creamos lo que creamos, hay un mañana, y ese mañana es imprevisible y está siempre a la vuelta de la esquina. Y el mañana que pintan algunos entendidos (o algunos tremendistas) es distinto, incómodo y, a veces, negro tirando a muy negro, casi como el reverso tenebroso de la Fuerza.

Si hoy no piensas un poquito en el mañana, habrá un momento en que el mañana dejará de ser hoy
Estaba muy bien eso que se difundía hasta hace dos meses, eso de “no te amargues la vida hoy pensando en el mañana”, eso de “todo está bien”. No fuimos cautos, previsores, no nos sentamos a pensar nunca porque pensar es malo, prevenir es malo, preocuparte por lo que importa es malo. Y lo es porque no te deja disfrutar el “ahora”, el “hoy”. Y entonces nadie hizo acopio de granos de trigo para cuando viniera el invierno. Y el invierno llegó. Y más crudo que nunca. Y lo hizo para quedarse una temporada. Ya lo dijo Esopo seis siglos antes de nuestra era, pero como esas enseñanzas requerían de esfuerzo, no te hacían tan feliz como practicar el onanismo a diario sin pensar que mañana te puedes quedar sin manos. Ahí nos detuvimos, sin ver más allá, sin esperanza. Y así, en casita, todos miramos ahora al Estado para que nos devuelva esa actitud paranoica de pensar en el hoy porque el mañana escuece.
En fin. Solo quería transmitiros mi reflexión para que hagáis con ella lo que se os pinte. Mucho ánimo, paciencia. Si os sirve de algo, creo que si hoy no piensas un poquito en el mañana, habrá un momento en que el mañana dejará de ser hoy.



jueves, 26 de marzo de 2020

La vida en ello


En el último artículo de este blog comentaba que la pandemia del coronavirus era abordada desde puntos de vista extremos y además todos, sin excepción, éramos víctimas de la desinformación. Hoy, con un mes ya de distancia, me tengo que comer varias de mis palabras porque el bicho era mucho más fuerte y peligroso de lo que creía. Nos está dando de lo lindo, sin piedad con los mayores, con cierta benevolencia con los más jóvenes, pero asustando a unos y a otros. A mí, personalmente, y aunque suene a ordinariez, puedo asegurarles que no me cabe el bigote de una gamba por sálvese la parte trasera.
En tiempos de guerra, porque esto no deja de serlo, tenemos que estar todos a una. De nada sirve criticar sin aportar soluciones. Si así lo haces eres parte del problema. Incluso lo acrecientas. Deberíamos tener todos la boquita bien cerrada. Aquí nadie sabe nada. Ni siquiera los científicos se ponen de acuerdo. Hay, además, que tener en cuenta que una situación así era inimaginable, que nos ha pillado a todos con el paso cambiado. Algún listillo dirá que ya sabíamos lo que pasaba en China y no hicimos nada. Y mira en Italia… Y yo le preguntaría al listillo si él, con su suprema inteligencia, ya sabía entonces que en España nos iban a llover bichos como langostas de esta manera, que esto se le iría de las manos al planeta. Si no miente, el listillo cerrará la boca, pero como de esos listillos tenemos el país (y visto lo visto en estos días, el planeta lleno) lo mismo tiene los webos de negarlo. En fin…
Aprovechando que, usted lector, continúa leyendo, quiero hacerle partícipe de algo que me ocurrió hace un par de días y que me dejó la sangre de gelatina. Recibí un mensaje por Facebook de uno de mis contactos. Era una nota de audio, de esas que recibimos cualquiera de nosotros todos los días. Estuve a punto de no hacerle caso pero al final le di al botón. En el altavoz sonó la voz de un hombre que, con discurso pausado y buenas maneras (el hijo de puta sabía cómo comunicar de manera cuasi profesional), decía que todo lo que nos está sucediendo no es a causa del virus sino de una confabulación de los poderes mundiales para tenernos retenidos en nuestras casas bajo un estado policial de pánico y así, cuando la pandemia pase o afloje, mantenernos manejados y acojonados. Que no había virus, ni muertos, ni nada, que todo estaba premeditado, que debíamos sublevarnos ante la situación y salir todos de nuestros agujeros hacia la libertad… Vamos, algo así como el 1984 de Orwell (y esto lo pongo yo de mi cosecha porque dudo que el delincuente este haya leído algo que no sea ciencia-ficción de la barata).
Lo que menos se necesita ahora es a tontos de baba que enmierden el ambiente más de lo que está, y menos aún a sabiendas. Te puede ir la vida en ello.

Ante tamaña imbecilidad, contesté a mi contacto diciéndole que si se creía las tonterías de la nota de audio que me acababa de enviar, que si para el tipo ese los 3.000 muertos que llevábamos entonces era una coña, que yo tenía verdaderas amigas que son enfermeras que han visto correr los virus por los pasillos de los hospitales, que si de verdad creía a ese imbécil. Le dije que lo que menos se necesita ahora es a tontos de baba que enmierden el ambiente más de lo que está, y menos aún a sabiendas, que no reenviara esa nota de audio a nadie más. Y va mi contacto y me pregunta si de verdad creo que todo esto es a causa de un virus, que debería creerme a pies juntillas lo de la confabulación porque es real, que allá yo con mi futuro…
Uno se queda sin palabras. Sí, sin palabras pero no sin dedos. Así que puse de patitas en la calle (fuera de Facebook) a mi contacto porque nunca he juzgado las ideas religiosas ni políticas, ni condiciones sociales, culturales, sexo, etc…, pero los desaprensivos que pueden ser peligrosos y además se creen más listos que nadie, la verdad, huyo de ellos como de este Covid 19.
La situación que estamos viviendo no es baladí. Hay que tener paciencia, tranquilidad, confianza y, sobre todo, sentido común. Ya ahora, nos guste o no, hay que dejar maniobrar a los que realmente pueden hacer algo. Somos parte del problema si únicamente criticamos. Somos imprescindibles y útiles quedándonos en casa con la boca cerrada, que para abrirla y pedir que rindan cuentas tenemos (eso espero) todo el tiempo del mundo.
Cuidaos todos mucho. De casa al súper y del súper a casa una vez por semana, o menos si es posible. Mascarilla, guantes y sentido común. Y si te agobias, sal a la ventana cada día a las 8 de la tarde y aplaude como si te fuera la vida en ello porque, si tienes mala suerte y la angustia te empuja fuera de tus cuatro paredes, lo mismo, efectivamente, te va la vida en ello.