Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


lunes, 11 de febrero de 2019

Benditos burros


Había una vez un país de mierda lleno de burros. Existía una pequeña porción de burros que eran unos aprovechados, interesados y oportunistas. De ese grupito, había unos pocos que eran listos como comadrejas y egoístas como niños pequeños. Y de esa parte casi ya insignificante, los había ególatras, paranoicos, neuróticos y psicópatas.
Para hacernos una idea, en la cúspide de esa pirámide había algún ególatra, que además era listo y egoísta, aprovechado, interesado y oportunista, pero que, en cualquier caso, no dejaba de ser un burro. La diferencia con la inmensa mayoría de sus iguales (digo bien, “iguales”) era que el resto ignoraba todas sus demás cualidades.
Aquel país, que ya de por sí era de mierda, llevaba siglos yéndose lenta pero inexorablemente al abismo. Los burros se dejaban influir por cualquier cosa que vieran, escucharan o leyeran (el que leía, porque todos saben que los burros no leen, y el burro que va al circo puede llegar a leer, pero nunca entenderá lo que lee). Y todos los burros estaban encantados de caminar hacia la mierda. Los aprovechados, interesados y oportunistas también estaban felices de ver cómo iban a sacar provecho de aquella marcha. Lo que no sabían éstos era que había burros listos y egoístas que, lejos de dejar que se beneficiaran de aquella oportunidad, les dejarían sin nada, frustrados y cabreados como monas, porque aquella tajada, aquel río revuelto y sin sentido, estaba reservado a los burros ególatras, paranoicos, neuróticos y psicópatas que, con toda la frialdad del mundo, había tramado aquel caos para uso y disfrute propio.
A estos últimos les daba lo mismo si los burros eran engañados una vez más, si se quedaban sin comida, si sufrían enfermedades… Y nadie podía echarles nada en cara, porque habían sido la inmensa mayoría de aquellos que solo eran burros quienes les habían colocado ahí, quienes les permitían seguir haciendo lo que les daba la gana, quien incluso aplaudían todas y cada una de sus decisiones. Si uno de esos burros ególatras decía: ¡vamos a liquidar a los burros que siguen a ese neurótico!, todos aplaudían, incluso los aludidos, porque desde su posición, su líder les incitaba a ello. Y los neuróticos de arriba se miraban complacidos porque, después de la batalla, ellos recogerían las sobras y, a partir de los despojos, crearían una nueva situación para continuar con su empresa.

¿Lo reconoces? Es aquel al que estás votando. Y si no votas, entonces es el espejo en el que te miras todas las mañanas.

Y todos contentos porque los burros tenían a quién cocear, los oportunistas de quién aprovecharse, los egoístas de dónde acaparar, y los psicópatas un juguete que les entretenía y les hacía más y más poderosos.
Y en aquel país de mierda, todos continuaron felices con sus banderas, sus reivindicaciones, sus tiempos pasados que siempre fueron mejores, su posición indefinida, sus pensamientos caducos, sus fotos de frente o de perfil, su falta de rumbo, sus cambios de opinión, sus ideales trasnochados, su falta de ideas, exactamente igual que les pasaba desde hacía ya más de dos siglos. Pero jamás miraron hacia atrás para aprender, sino para sacar nuevas excusas que lanzarse a la cara. Bueno, en realidad los burros simples no veían ni eso. Ni los oportunistas. Ni los listos. Aquella maniobra de entretenimiento duraría otros dos siglos (o cien más) en manos de ególatras, paranoicos, neuróticos y psicópatas, porque la empresa les daba buenos beneficios y los burros, gracias a los dioses, continuarían rebuznando eternamente pero sin decir ni hacer nada. Benditos burros.



No hay comentarios:

Publicar un comentario