Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


viernes, 20 de abril de 2018

Orgullosos de ser incívicos


Es difícil olvidarse o abstraerse del país en el que uno vive. Al fin y al cabo, está sumergido 24 horas al día en sus circunstancias, en su ambiente. En definitiva, es su entorno. España es un país donde vivir relativamente cómodo y relativamente feliz no es difícil. La mayor parte del año tenemos sol, buenas temperaturas, incluso suerte con la lluvia. Nos sobra socarronería, sarcasmo y buen humor. Como he dicho muchas veces, tenemos el lujo además de estar a la cabeza del Tercer Mundo (porque al primero no accedemos ni de broma). Como diría Bismarck, somos tan afortunados y tan fuertes que no nos destruimos a nosotros mismos por mucho que lo intentemos. Todo un triste logro.
Todas las mañanas repaso estos pensamientos mientras conduzco los 40 kilómetros que separan mi casa de mi trabajo. No hay nada como observar la autopista para saber en qué país me encuentro, para darle la razón al estadista alemán del siglo XIX. Porque es cierto que somos simpáticos, dicharacheros, casi felices, pero en la misma medida demostramos nuestro egoísmo, nuestra mala educación y nuestro poco civismo. Y la carretera es un buen ejemplo de ello. Todas las mañanas, con el sueño aún pegado a los ojos, observo los cuatro carriles de la autopista cuyo límite de velocidad está fijado en 100 km/h. Pues no lo respeta ni la policía. Tampoco eso de circular por la derecha. No me atrevería a concretar un porcentaje, pero más de la mitad de los conductores ocupan el tercer y cuarto carril a más de 120 km/h. En el segundo es donde se esconden los peores, esos que no llegan a 100, incluso a 90, pero dejan el carril de la derecha libre porque les da tirria, o vergüenza, o miedo, o seguramente porque su cerebro, su educación y su seguimiento de las normas son nulos. Y ahí me tiene usted a mí, como el pringado que soy, conduciendo por el primer carril a 95 km/h y, de vez en cuando, aguantando las luces largas de algún hijo de puta que, como le ocupan el segundo y el tercer carril los que van a su bola, no puede ir a 150 por el cuarto.
La forma de conducir en España nos retrata como ciudadanos y como personas, y debo decir que salimos borrosos y sucios en la foto (menos en las de los benditos radares, a los cuales alabo con toda mi alma porque no hay excusa cuando te cascan una multa por superar el límite de velocidad, máxime cuando además pones en riesgo la vida de los demás). Cuando salimos a la carretera nos importa poco el resto de compatriotas que nos rodea. Sentados en el coche hacemos lo que se nos pone en la punta del bolo. No atendemos al Código de Circulación, ni a las señales, ni a las recomendaciones, mucho menos al sentido común. No es que no nos importe nuestra forma de conducir, sino que nos trae absolutamente sin cuidado si molestamos al resto, si nuestra conducta puede provocar un atasco o un accidente, si hacemos perder la vida a alguien que va tranquilamente a nuestro alrededor. Nos incorporamos a la autopista a la velocidad que nos da la gana, generalmente inferior a la que lleva la vía. No contentos con no adecuarnos al ritmo (¿por qué se le llamará a la incorporación carril de “aceleración”?), no cedemos el paso y, para mayor gloria de nuestra estupidez, tan pronto ingresamos y hacemos frenar a todo el carril derecho (tampoco pasa nada, suele ir vacío), nos colocamos en el central a nuestros impresionantes 80 km/h para hacer frenar a todo Dios. Y ahí nos quedamos, en el centro viendo las margaritas crecer a nuestra derecha.

Somos tan obtusos que, no solo no nos damos cuenta de lo bobos que somos sino que, además, no nos importa lucirlo.

Esta maravilla de civismo tenemos que aplicarla también a todo lo que hacemos día a día, hablar por teléfono a bocinazos en la sala de espera del médico, a ver vídeos con el sonido a todo trapo en el metro o en el autobús, a dejar nuestro carrito cruzado en el pasillo del supermercado, a abandonar el coche en doble fila en calles estrechas, a seguir hablando por el móvil mientras conducimos y, eso sí, a quejarnos cuando no hemos sopesado ni un segundo si tenemos razón cuando nos llaman la atención.
Con la actitud de este país, nuestro futuro será siempre el mismo, es decir, la mediocridad más absoluta. No hemos cambiado nada de nada en más de dos siglos, ¡nada! (lea usted a Benito Pérez Galdós o a Mariano José de Larra y verá lo que le cuento. ¡Ah, que usted no lee…!). Bueno, pues entonces no sigo escribiendo. Eso sí, por favor, ya que no piensa en el futuro, ni el propio ni en el de sus hijos, sobrinos, nietos…, deje también de pensar en el pasado, olvídese de guerras civiles, dictaduras, terrorismos, independentismos… No se engañe a sí mismo. A usted las normas le importan un huevo. Solo le importa usted mismo.



sábado, 31 de marzo de 2018

¿Soy importante?


De repente hay un día de tu vida, un día cualquiera, en el que te das cuenta de que eres muy importante para alguien. Esa fecha no está marcada en rojo dentro del calendario y seguramente nunca lo estará, pero a partir de ese instante comienzas a sentir el peso de la responsabilidad en la espalda, un peso que se multiplica por mil cuando caes en la cuenta de que llevas siendo alguien crucial en la vida de una persona desde hace muchísimo tiempo y no solo desde que lo has advertido. Todo lo que has hecho o dicho durante años ha tenido en ella un impacto tan grande que, en muchos casos, te has convertido en un referente, un faro, un modelo a seguir.
Esto que acabo de explicar no solo me ha ocurrido a mí. Nos ocurre a todos, porque todos somos para alguien una persona fundamental en su vida, y únicamente eres consciente de ello cuando te recuerda algo que hiciste, una frase que dijiste y que, inopinadamente, le supuso un lema, una ayuda, casi un axioma… Y esa persona para quien ocupas un lugar fundamental en la vida, es capaz de recordar palabra por palabra o gesto por gesto aquello que le quedó grabado en la memoria y que le ha servido para ir encontrando su camino.

Aunque no seas consciente, eres muy importante para alguien.

En algún momento todos nosotros hemos bebido de una fuente que nos ha ayudado a crecer y en la que muchas veces hemos buscado refugio o consejo. Todos conocemos personas a las que admiramos, casi idolatramos, porque las consideramos más sabias que nosotros. Lo que debemos tener presente en nuestro día a día es que, sin querer, nosotros también somos ese manantial que muchos necesitan cerca para sentirse guiados y reconfortados. No importa la edad que tengas, tu experiencia vital, tus ideas o tu actitud. Aunque aún no lo sepas, TÚ también eres YA una persona fundamental para alguien. Ocupas un lugar preferente en su vida. Estarás en su pensamiento y en su boca cuando defienda sus ideas, cuando tome decisiones, cuando haga examen de conciencia y sopese qué habrías hecho tú en tal o cual situación. Tú no lo sabes, pero hay momentos muy especiales en vidas ajenas en las que eres determinante.
De esta condición de oráculo involuntario nade puede renegar. Es una responsabilidad que debemos asumir como los pequeños dioses que en realidad somos. De tus palabras y de tu actitud depende, en muchos casos, el rumbo que tome alguien cuando se vea atrapado en esas encrucijadas que nos encontramos en la vida. Entonces te harás presente y pensará en ti. Así que, la próxima vez que estés en un grupo, con tus amigos, tu familia, con compañeros de trabajo o de clase, sé consciente de que tus palabras no caen en saco roto para alguien, ese alguien que graba a fuego quien eres y cómo eres, alguien muy importante.
Después de leer estas líneas no te quedes en lo fácil o en lo obvio. Un padre, un profesor, un escritor… pueden ejercer esa influencia involuntaria sobre un hijo, un alumno o un lector, pero tú como hijo, alumno o lector también puedes ejercer y, de hecho ejerces, como faro y referente para un padre, un profesor o un escritor. Porque, aunque no lo creas, eres muy, pero que muy importante para alguien.




martes, 6 de marzo de 2018

WhatsApp letal


Existe la muy equivocada creencia de que las nuevas tecnologías siempre nos brindan la oportunidad de avanzar de manera más rápida y precisa, de conectar instantáneamente con quien queremos (a veces también con quien no queremos) en cualquier parte del mundo. Tan solo nos supone el esfuerzo de pulsar una tecla virtual sobre una pequeña pantalla táctil y ya está. Es sumamente fácil y, con más frecuencia de lo que creemos, peligroso. Y concreto mi afirmación en esa aplicación maravillosa llamada WhatsApp, un artilugio que puede estallarnos en la cara y que, de hecho, lo hace muchas más veces que lo que creemos.
Incluso con la ayuda de los emoticonos, esas imágenes de caritas, animales, corazones… que nos ayudan a dar sentido y, sobre todo, tono a nuestras palabras, muchas veces éstas se vuelven en contra nuestra. Nos empeñamos en utilizar WhatsApp como si fuera un sistema de comunicación útil para tratar temas complejos, y la aplicación no va más allá que servirnos para quedar a tomar café, preguntar qué tal fue un examen o saber dónde se encuentra nuestro interlocutor (que lógicamente contestará lo que le dé la gana).
Pero cuando se trata de gestionar temas importantes, no nos resignamos a hacer una llamada telefónica o a escribir un correo. No. Tenemos que utilizar el WhatsApp, y es en ese momento cuando se convierte en un caramelo envenenado. Cuando un ser humano trata un tema crucial con otro, la Naturaleza, que es muy sabia, no solo nos ha dotado de poder concretar nuestras ideas en palabras, sino que además nos ha dado cuerdas vocales para saber pronunciarlas con mil tonos diferentes, con un volumen alto o bajo, nos ha dotado de la rabia, el dolor, la ira, el cariño… Por si fuera poco, además nos ha dado complementos imprescindibles para conseguir una comunicación correcta como son los ojos o las manos y así gestear y enfatizar lo que queremos decir. Si ahora mismo, en este texto, digo al lector (con todo respeto) “vete a la mierda”, la mayoría se ofenderá. Pero si me escucha decirlo, y a la vez observa mis ojos, escucha con atención mi tono, mi cadencia, el movimiento de mis manos, mi sonrisa…, a lo mejor estalla en una sonrisa. Lo mismo incluso me gano un beso y un abrazo. No es lo mismo escuchar “¡qué tonto!” en boca de un compañero de trabajo que en labios de tu madre, tu novia, tu esposo…

Cuántos disgustos, malos entendidos o discusiones se podrían haber evitado si fuéramos mucho más prácticos.
La comunicación mal practicada, mal entendida y mal recibida es como un arma mortífera que solo nos puede servir de ayuda cuando está en buenas manos. Todos somos capaces de comunicarnos cara a cara, pero solo una parte relativamente pequeña es capaz de hacerlo a la perfección por escrito (periodistas, escritores, comunicadores profesionales…), y aun así no pocas veces se ven enredados en malos entendidos. ¡Qué no les pasará al resto de los mortales que se escriben por WhatsApp y además ahorran palabras para no extenderse…!
En lo que a mí respecta, dejé de utilizar WhatsApp para temas que, necesariamente, debían ser tratados de viva voz. Aunque por teléfono no se ven los ojos ni las manos, siempre es preferible dejar el teclado a un lado porque debajo de cada letra, de cada imagen o cada emoticono, puede esconderse esa mina que hace saltar todo por los aires. A mí no me ha pasado, pero desde luego no pienso correr el riesgo, sobre todo cuando hablar es mucho más rápido que escribir y porque desde hace mucho tiempo ya existe la tarifa plana.
Hasta la próxima, querido lector… (¿querido…? ¿Con qué tono lo he querido transmitir?) Tranquilo, con el mejor. ¿Te fías de mí?



lunes, 26 de febrero de 2018

La suerte del tonto


Soy de esos que piensan que el tiempo termina por poner a cada uno en su sitio. Es una máxima que casi siempre se cumple, aunque haya algunas personas que tengan la habilidad o la suerte de esquivar a su propio destino. Pero, a la mayoría de los mortales, esta ley no escrita nos cae sobre la cabeza y nos corona con lo que merecemos.
Todavía no sé en el sitio en el que estoy ni dónde terminaré, pero me doy cuenta de que el tiempo me va conduciendo por una senda que seguramente es la que llevo labrando durante los últimos cincuenta y dos años. No es un camino fácil porque hay veces que tropiezas con piedras que nunca previste, pero tampoco puedo quejarme. Los verdaderos amigos, esos que puedo contar con los dedos de una mano, no solo siguen ahí sino que están más próximos que nunca. Y eso me hace volver la vista atrás y admitir, sin falsa modestia que, incluso habiendo cometido errores de difícil perdón, quizá no lo haya hecho tan mal.
La suerte existe pero es cierto que solo te toca con su varita mágica si la buscas, si te has vestido durante años con tus mejores galas para encontrarte con ella, si has planchado tu actitud día a día para que no tenga dobleces, si has lavado tu forma de mostrarte a los demás para conseguir que sea transparente. Porque cuando uno va de frente, es sincero y no guarda segundas intenciones en ningún bolsillo, consigue estar a bien consigo mismo, y esa paz se transmite mucho más allá de tus palabras. No es un trabajo fácil pues en no pocas ocasiones te consideran un necio, se burlan de tu actitud, se ríen e incluso te humillan. Por eso lo importante es no desesperar y ser tenaz y constante en lo que crees que es justo.
El camino está lleno de sombras, incluso de túneles, senderos escarpados, retorcidos, cuestas que crees imposibles de coronar, pasajes que crees que te van a robar las fuerzas y te van a hacer claudicar, pero siendo perseverante en lo que realmente crees, no dejándote vencer por la tentación de abandonar tu camino y coger esa autopista que no lleva a ninguna parte, consigues sobreponerte y alcanzar a ver paisajes que estaban reservados para ti. Y terminas por emocionarte porque sabes que no ha sido fácil llegar hasta ahí, que has necesitado ayuda, pero que ha merecido la pena porque estás a bien contigo mismo y eso además hace que lo estés también con aquellos que te rodean.
No sé si el tiempo me ha colocado en el sitio que merezco, pero de lo que estoy seguro es de que, siendo fiel a aquello que creí justo, por mucho esfuerzo que me exigió, terminé por atravesar los bancos  de niebla que alguna vez me hicieron dudar, y ver que el sol brilla aún más de lo que nunca creí que lo haría.

A veces paso por tonto, y a nadie se lo recrimino porque con mi cara y mi actitud es fácil pensarlo.

Únicamente espero continuar sometido al juzgado de ese tiempo que tarde o temprano nos coloca a todos donde merecemos. Sin esperar nada a cambio, estoy recibiendo mucho más de lo que en verdad he dado, que no sé si ha sido mucho o poco, pero viendo la calidad de la recompensa, desde luego aseguro que lo he hecho de todo corazón y exento de rencores, revanchas, malos deseos y mucho menos de malas acciones. A veces paso por tonto, y a nadie se lo recrimino porque con mi cara y mi actitud es fácil pensarlo, pero soy un tonto feliz que tiene la conciencia tranquila y un pequeño -pero gran- puñado de amigos. Si este es el lugar en el que el tiempo me está colocando, me doy por reconocido y, desde luego, extremadamente afortunado.



jueves, 1 de febrero de 2018

Se me escapó vivo.

Se me fue enero. Se me escapó vivo. Uno hace propósitos para el año nuevo y antes de que acabe el primer mes ya ha echado varios por la borda. A principios de 2017 me fijé como objetivo escribir al menos dos artículos en este blog y lo conseguí. Pero este año ya vamos cojos.
No es falta de interés, sino de tiempo. Veinticuatro horas se quedan cortas para la cantidad de cosas que nos imponemos los humanos de la era moderna, o postmoderna, o prefutura, porque si de algo podemos fardar en estos días es de crisis de identidad. La tecnología nos ha superado y es ella ya quien rige nuestros destinos. En los setenta los jóvenes flipaban con la psicodelia; en los ochenta con el tecno y las hombreras; en los noventa comenzaron a venderse videoconsolas o cascoporro e internet hizo su aparición amenazándonos con alinearnos; en el 2000 comenzamos nuestra afición por el teléfono móvil, los SMS, y nos alucinaba aquello que llamaban redes sociales; ahora, cerca de cumplirse la segunda década del siglo, volvemos a los locos años 20, pero esta vez con un Smartphone en la mano y emitiendo nuestra propia vida en directo al mundo entero.
Igual que la invención de la rueda o la revolución industrial, lo que ahora llamamos nuevas tecnologías (dentro de 5 años estarán obsoletas) van a dar un vuelco a la sociedad, y la van a revolcar de tal modo que no sé si nos va a dar tiempo a enterarnos de que vamos de voltereta en voltereta sin posibilidad de descansar entre una y otra. Si echamos la vista atrás, hace tan solo 15 años era imposible siquiera imaginarse lo que se puede hacer hoy con un teléfono en la mano. Usted se saca un moco en el parque de El Retiro en Madrid, lo lanza al mundo en directo y en ese mismo instante hay 200 millones de persona en todo el planeta observando cómo se hurga en la nariz. Lo mejor de todo es que, con un poco de suerte, van y le pagan por hacerlo a diario y entretener a 200 millones de aburridos.
Todo lo que cuento no es excusa para que, durante todo enero, haya hecho pellas en el blog. Mi falta de tiempo no se debe a que me pase la vida colgado de una pantalla de 4 pulgadas. ¡Qué más quisiera yo…! Son obligaciones más mundanas las que me amarran al día a día, a trabajar, a tratar de cuidar mi cuerpo en la piscina (lo de la mente ya tiene poco remedio), a escribir -o al menos a intentarlo-, a compartir un rato con mis hijas, a emprender nuevos proyecto vitales con una ilusión que no me cabe en el cuerpo, a perder horas de sueño con gusto, a ver cómo el reloj se despendola hacia el final del día dejándome cara de tonto.

En ocasiones somos nosotros mismos los que nos cortamos las alas, los que quemamos el tiempo que nos permitiría hacer cosas verdaderamente útiles.
Hay veces que echo de menos una bendita rutina, un poco de orden, pero también es cierto que una dosis de caos de vez en cuando es muy sano, airea viejas costumbres para que no huelan a rancio, casi para regenerarlas y actualizarlas. Por eso entono en el mea culpa con ciertas reservas, porque no hay duda que enero se me ha escapado virgen sin que haya escrito una coma (en el blog; que estoy de corregir la nueva novela hasta las cejas). Pero también es cierto que el mes ha sido muy entretenido, para bien y para mejor, porque en la vida solo es malo lo que tú dejes que te corte las alas, y yo ahora mismo, gracias al destino, he conseguido una gran Victoria. Salud y horas de sueño bien empleadas, necesarias para conseguir lo que uno quiere.

Propósito para este año: seguir vivo y sentirme vivo. Y hacer el esfuerzo de no olvidarme del Blog. Y escribir, aunque sea en una servilleta de bar. Mis mejores deseos para los 11 meses que nos quedan por delante.