Fotografía: Atardecer en Serengeti

Fotografía: Atardecer en el Parque Nacional del Serengeti, Tanzania; © Fco. Javier Oliva, 2014



ESPACIO

UN ESPACIO PARA CONTAR LO QUE ME DA LA GANA


martes, 11 de abril de 2017

La clasificación definitiva de los usuarios de FB

Soy usuario moderado de redes sociales, tan moderado que únicamente tengo Facebook y Twitter. En la primera publico poco y trato de que sus contenidos tengan que ver con mi profesión de escritor, y poco con otros asuntos, entre ellos los personales. En Twitter, la verdad, apenas publico nada, quizá porque todavía no sé sacarle buen partido.
Con respecto a Facebook, mis consultas y publicaciones me hacen pensar que esta red (supongo que como todas) no es otra cosa que una vía de escape a nuestras paranoias. También es un refugio para psicópatas, obsesivos-compulsivos, solitarios, ególatras, tímidos e inadaptados sociales, o de aquellos que están demasiado adaptados, es decir, de la inmensa mayoría de nosotros, porque todos tenemos un poco de paranoicos, psicópatas, obsesivos y ególatras. Todos necesitamos en algún momento (o en todos) hacernos oír y poder decir esas cosas que, o bien no nos atreveríamos a proclamar en público, o bien, aunque las hiciéramos, no nos haría nadie ni caso.

Las redes nos descubren nuestras manías, nuestros puntos débiles, nuestras obsesiones. No solo lo hacemos de forma voluntaria sino inconsciente.
He hecho un estudio basado en la observación de los mensajes que me proporcionan los más de 600 contactos que tengo en esa red. Es un estudio apócrifo sin ningún carácter científico, sin pies ni cabeza, un estudio intuitivo que no sirve para nada, algo que no he escrito, pero que me ha valido para (por ejemplo) clasificar de forma muy simplista a los que publican en una serie de grupos:
1. Los que no tienen hijos pero sí muchos paisajes. Su vida son fotos de catálogo de vacaciones con o sin él/ella incluido en la imagen. Son felices en las fotos y seguramente fuera de ellas. Los hay que publican para compartir su alegría, y los que lo hacen fundamentalmente por joder y, sobre todo, para que alguien en el mundo sepa que están vivos porque nadie les hace ni puto caso.
2. Los que no tienen hijos pero sí mascotas. Su vida es una mascota (o varias). Perro en mil posiciones. Gatos en otras mil. Hurones simpáticos. Pájaros, ranas, reptiles, caballos… Su vida es aquel bicho al que le dan todo su amor y toda su atención. Y el resto de sus contactos están obligados a reverenciar al animalito en cuestión, que por supuesto es el mejor y más adorable del mundo.
3. Los que tienen hijos. La vida es solo hijos (y suele ser uno curiosamente; quizá el primero de dos o tres; seguramente el único). Esta opción puede estar peligrosamente combinada con la nº 2, de la cual nacen imágenes de niño/perro, niño/gato, niño/niña, niña/niño, niño/tarta/globo… Pero siempre niño, del derecho del revés, también el más rico, adorable, guapo e inteligente del mundo.
4. Los que tienen heridas en el alma, o el alma hecha un lío, o no saben si tienen alma, o no la tienen pero creen que sí… La vida son freses célebres, manidas, a granel, aforismos, consejos, advertencias, obviedades, verdades como templos o mentiras como catedrales, textos atribuidos a personas desconocidas o falsamente a otras conocidas. Toman como dogmas de fe cualquier sentencia lapidaria que han encontrado en la red sin contrastarla. Muchas veces huyen de aquellas que llevan vigentes miles de años (Jesucristo, Buda, Mahoma, Platón, Santo Tomás, ¡coño!, a cualquier filósofo, pensador, escritor, estadista o similar que tenía dos dedos de frente). El truco es que suene bien. Y esta ristra de frases hacen su vida y generalmente, tratan de que la tuya entre por el aro a base de recordarte lo simple, bobo y perdido que eres.
5. Los que confían en un único ser divino. La vida es solo Dios. Y aquí meto a todos los dioses, en singular monoteísmo o en plural politeísmo, con cara o sin forma definida, eso que llaman energía a secas. Están íntimamente  relacionados con los anteriores del nº 4, pero en este caso suelen ser más cristianos que otra cosa. Cuando publican está Dios por algún lado, sea recién nacido, crucificado, vivo, muerto, orante o predicador… Todo y todos en nombre Dios.
6. Los que solo atienen a sus necesidades físicas o fisiológicas. La vida solo es correr, saltar, comer, cagar y (si no fueran mentirosos) follar. Al igual que les pasa a los del nº1, publican para que alguien en el mundo sepa que están vivos porque quizá seguramente saben en su fuero interno que nadie les hace ni puto caso.
7. Los aficionados. La vida es solo su afición. Aquí hay pintores, escritores, fotógrafos, cocineros, músicos, poetas, lingüistas, alfareros, repujadores, cinceladores… Vaya, de todo. Promocionan lo suyo pero también lo ajeno. Generalmente suelen escoger bien sus aportaciones pero, de tanto repetirse, resultan cansadas. Eso sí, no se te olvidará nunca que fulanito (por ejemplo) toca el saxofón.
8. Los fanáticos. Son como los aficionados pero llevados peligrosamente al extremo. La vida es su afición, curiosamente una afición que solo les ocupa a ellos y te la tragas te guste o no te guste. Masifican y pierden todo su encanto. Esto llevado a cualquiera de los otros grupos resulta letal. Dan ganas de desprenderse de ellos.
9. Los profesionales. La vida es su profesión. De ellas comen o malviven pero aun así la promocionan como buenamente pueden, con más o menos verdades o mentiras. Utilizan la red como instrumento y medio de llegar a los demás. Se distinguen del nº 7 y nº 8 en que lo hacen de forma sopesada, medida, esto es, profesional. Son tan apasionados como los del nº 7 pero muchísimo menos cargantes que los del nº 8. En el término medio está el camino hacia el éxito.
10. Los gilipollas (sin acritud y sin ofender). La vida es su vida y tú tienes la obligación de conocerla a todas horas. Son esos cachondos que cada 5 minutos te dicen lo que les pasa (generalmente nada) con frases e imágenes tan trascendentales como “buenos días”, “buenas noches”, “feliz martes”, “tengo hambre”, “tengo frío”, “voy a cagar”, “mi café de por la mañana”, “me voy a la compra”, “me duele la tripa”, “mi mujer me la está pegando con otro…”, “mi padre murió ayer...”. Al igual que les pasa a los del  grupo nº 1 y nº 6, rellenan espacio en su muro para que alguien en el mundo sepa que están vivos porque, lo dicho, seguramente nadie les hace ni puto caso aunque en muchas ocasiones estén rodeados de gente.
Todos tenemos algo de los 10 grupos aunque seguramente también nos encuadramos más en uno de ellos. Si esa cerrazón por uno de los grupos nos ocupa más del 75% de nuestras publicaciones, por lo menos ante mí, date por clasificado. Sin acritud, sin menosprecio, sin mofa, con toda la compresión del mundo, pero clasificado.
Y hasta aquí esta categorización que no sirve para nada pero hace pasar el rato y, seguramente, te habrá dado qué pensar, aunque sea para ponerme a parir y ya de paso clasificarme.


lunes, 10 de abril de 2017

¿No a la guerra?

Desde hace unos días no veo otra cosa por redes sociales y medios de comunicación que improperios, insultos y advertencias contra Donald Trump por su ataque a una base militar siria. Repito y subrayo: base militar. Es curioso que los mismos que condenan el ataque americano no hayan soltado prenda por la causa que lo provocó. Aquí todo el mundo se mete con el narcisista Trump pero no veo una palabra en contra de la joya dictatorial siria. Hay que recordar que ese tipo de ha llevado por delante a casi un centenar de civiles provocándoles una muerte horrible. Repito y subrayo: centenar de civiles. Pero de eso, ni mú.
Tampoco veo por ningún lado a todos aquellos que hace poco gritaban “no a la guerra” en este país, rasgándose las vestiduras en público, encabezando manifestaciones, acusando sin reparos. Ahora parece ser que les importa un webo. Quizá lo que estaban gritando era “que España no entre en guerra, pero a mí la guerra en general, si es fuera de aquí, me trae sin cuidado”, porque ya digo que no se les ve ni se les oye por ninguna parte. Triste, pero era de esperar.
No estoy descubriendo nada nuevo, sino constatando que el mundo no ha cambiado ni un ápice desde hace milenios, que el Hombre continúa siendo un hipócrita cuando se trata de defender intereses propios o aprovecharse de una situación, que es capaz de decir “no a la guerra” y darle caña a Trump y, a la vez, guardar un sepulcral silencio sobre un hecho bélico y cobarde como es rociar de cloro a civiles que nada tienen que ver con todo esto.

Lobos con piel de cordero: típico de los humanos. Donde dije digo (que era bueno para mí), ahora digo Diego (que es bueno para mí, y malo para ti, ¡"pringao"!)
Es posible cambiar de equipo de fútbol, de partido político, de género e incluso de nacionalidad, pero no se puede cambiar de raza. Porque esto de pertenecer a los Humanos está muy bien si no tienes demasiados escrúpulos, ni principios, ni reglas, ni nada. Ayer visitando Faunia  con mi hija me preguntaba si realmente era afortunado por ser un bicho que camina a dos patas y tiene un cerebro que piensa y tiene sentimientos, o realmente los que tenían suerte eran el resto de animales aparte del Hombre, que siempre juegan con las reglas que su especie les da, unas reglas preeestablecidas para saber a qué atenerse y que ningún individuo cambia. No sé si la vida para ellos es más fácil, pero sí más justa hasta que se topan con el Hombre. Entonces, como el propio Hombre, la han cagado.

Está claro que es mucho más entretenido ser hombre que mono o vaca, no te digo ya que cocodrilo o serpiente. Se puede ser hasta feliz. Pero para ello hay que asumir ciertas cualidades que tienen los humanos, seres traicioneros, ruines, egoístas, mezquinos, mentirosos, opacos, asesinos, y que solo mueven el culo y son capaces de cualquier cosa cuando van en pos de sus propios intereses y de su propia supervivencia, supervivencia que a la postre, de no usar adecuadamente la inteligencia para conseguirla, terminará por extinguirle. Ya sé que no es un artículo muy optimista. Solo pretendo ilustrar que todos somos capaces de cambiar de bando cuando los intereses aprietan. Todos.


martes, 4 de abril de 2017

Recuperar Gibraltar

Hace exactamente 26 años que visité por primera y única vez el Peñón de Gibraltar. También la llaman la roca. A mí me gustaría bautizarla como El Mojón. Es más español, aunque realmente, después de haber visto lo que allí vi, por lo que a mí respecta se lo pueden ir quedando. En Gibraltar no hay nada que merezca la pena contar, conservar o de la cual sentirse orgulloso, algo por lo que discutir con un británico. Que El Mojón de Gibraltar sea una colonia británica, aparte de decimonónico, no tiene por qué resultarnos más que el trastorno de tener un vecino molesto. Y la verdad es que a eso, a ser vecinos molestos, les ganamos a casi todos en el mundo (menos a los chinos). Yo no conozco nada más cargante que un andaluz dispuesto a tocarle los webos a su vecino.
El Mojón no deja de ser una parcelita de mierda entre Europa y África. La importancia geoestratégica del lugar es innegable aun estando en pleno siglo XXI. Supongo que un buen satélite resuelve muchas de esas necesidades. El resto, con una Armada del copón de la vela como la británica, está solucionado. Tampoco España se tiene que sentir en inferioridad de condiciones. Estando a un kilómetro (exactamente a dos) al oeste de Gibraltar, el tema geoestratégico no debería tener mucha importancia. Otro tema es tener a un “borracho bebepintas” como vecino en un paso tan importante como es el Estrecho para poder ejercitar en la zona su prepotente, obsceno y macarra “ordeno y mando”. Eso resulta incómodo e, incluso, peligroso. No hay nada que hacer cuando discutes con quien se cree el pueblo elegido de Dios con los habitantes más inteligentes de la galaxia.

Gibraltar no deja de ser un trozo de tierra donde el Reino Unido ha instalado un parque temático de corrupción. Y a nosotros los españoles nos encanta eso. Así que menos quejarse, que casi que nos conviene que siga en sus manos. En las nuestras lo echaríamos a perder.
Tocar las narices a los británicos no es buena idea. Si lo hacemos (como poder, podemos hacerlo), nos arriesgamos a que el número de turistas colorados como gambas y cocidos como langostinos descienda en picado (y son muchos millones de hooligans los que vienen aquí todos los años). A la vez que estos comedores de fish & chips se desvían a Croacia (por ejemplo), pagarían alguna que otra represalia los 300.000 españolitos que curran en U.K. Total: que si ellos no vienen y encima nos devuelven a los compatriotas que se han ido, hacemos un buen pan. Asumamos de una vez que, como somos un país mediocre -muy mediocre-, tendremos que tragar con lo que pase (que será sin duda alguna contrario a nuestros intereses). Tengo por seguro que nos volverán a humillar como llevan haciéndolo casi 300 años, y encima tendremos que dar las gracias.
Pero que nadie pierda el sueño con Gibraltar, porque eso va a seguir así por lo siglos de los siglos. No merece la pena. Únicamente nos queda seguir usando nuestra arma secreta: utilizar la gama de insultos del castellano -la más amplia e imaginativa del mundo- para ciscarnos en ellos, su historia, su imperio y su reina, aprovechando que un inglés jamás aprenderá español así lleve aquí 40 años veraneando en la Costa del Sol.

Mi madre (y mi abuela) decía que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Pues eso es lo que nos queda. Poco más. 



martes, 28 de marzo de 2017

España es muy insolidaria

En España, nos vanagloriamos dentro (y nos felicitan fuera) de ser un país tremendamente solidario con todo aquel que necesita nuestra ayuda. Y no es cierto. Ni mucho menos. Lo que ocurre es que nos encanta hacerlo de cara a la galería. Somos como esos adolescentes que van a casa de los amigos y allí se ocupan de poner y quitar la mesa, hacer la cama si se han quedado a dormir, ayudar a colocar la compra en la despensa si coincide que la madre del amigo llega con ella a la cocina, a fregar, a barrer…, a lo que sea con tal de quedar bien, pero luego en su propia casa no hace ni el webo. Sé por mis tías que mi padre lo hacía en casa de sus amigos, que yo lo hacía en casa de los míos, y mucho me temo que mis hijas lo estarán haciendo en las de las suyas. Debe ir con el ADN de los españoles, aunque también aviso que cada vez menos, mucho menos.
Toda esta comedia de solidarios insolidarios me viene a la cabeza a raíz del conflicto surgido en ese reino de Taifas donde los estibadores de los puertos campan a sus anchas. Al igual que hicieron en su día los controladores aéreos, estas personas se aprovechan de una labor fundamental en la economía del país para hacer de su capa un sallo y de su cuenta corriente una mina de oro. Manejar una simple grúa y jugar al tetris les supones, al que menos, 60.000 € al año, siempre y cuando sea cuñado de otro estibador y entre por enchufe, con un periodo de prueba de 6 meses y a partir de ahí curro de por vida. Como los controladores, crean su club privado y ahí no entra ni dios, ni para trabajar, organizar, consensuar… Ni dios, digo.

Prohibida la entrada a cualquier persona ajena a la familia, los amigos o los enchufes. Imprescindible falta de decoro e insolidaridad palpitante. 

Hasta que a Bruselas se le ha llenado el gorro de sopas y se ha plantado. Y los estibadores, como en su día los controladores, te montan el pollo porque su privilegios (que son insultantes para el resto de la población) están en entredicho. Digo insultantes pero también se me ocurre vejatorios, humillantes o despectivos. Que un operario gane más que un médico (por ejemplo) o que, ¡joder!, que triplique el sueldo medio de este país, es para pararnos todos a reflexionar (porque ellos no lo van a hacer). De todas formas, estamos en el mercado de la oferta y la demanda, y si alguien paga tamaña cantidad porque le manejen una grúa, pues sea. Yo ya no me refiero al sueldo, sino al hermetismo de este colectivo insolidario a que cualquiera pueda conseguir un puesto como estibador. Coto privado, señor mío.
Y aquí es donde apelo a la insolidaridad de este país. Y no lo digo tan solo por los estibadores, que son capaces de parar un país para defender el seguir viviendo como reyes (como los controladores), sino que cualquiera de nosotros, cualquiera, seríamos idénticamente indecorosos, egoístas, rastreros y deleznables si alguien tratara de quitarnos un privilegio, cualquiera, por pequeño que sea. Somos muy solidarios con los de fuera, negritos, asiáticos, moritos, refugiados…, pero somos tremendamente insolidarios con nuestro país, capaces de enrocarnos en privilegios injustos mientras aquí hay cuatro millones y pico de personas que las están pasando putas.
Que digo yo que, si hay para repartir un poco, que se reparta, que es una forma de abrir las puertas de ese guetto de lujo y acomodar el sueldo a la realidad para crear alguna que otra docena (o docenas) de puestos de trabajo, y no solo con controladores y estibadores, sino con otros muchos cotos privados donde los asociados se enroscan como serpientes y muerden para defender su insolidaridad del resto del país. Eso sí, hay que acoger aquí a todo dios si viene de fuera… pero con el dinero y el esfuerzo de otros. Que a mí no me lo toquen. Manda webos.


lunes, 13 de marzo de 2017

El aburrimiento de Unidos Podemos

Cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas. Eso es lo que le pasa a Unidos Podemos, que cuando no tienen la atención que reclaman de la opinión pública, se inventa lo que sea para hacerse notar. Lo último ha sido presentar una proposición no de Ley en el Congreso de los Diputados en la que exigen que se erradique cualquier manifestación católica del ámbito público, incluida la misa de los domingos que TVE emite. No tengo acceso al texto de la proposición de ley pero me llama la atención el término “católica”. Me hubiera parecido bien, coherente y sujeta casi a Derecho que hubieran pedido el cese de emisiones de cualquier manifestación religiosa. Incluso la hubiera apoyado. Pero si han puesto explícitamente “católica”, son ganas de sembrar cizaña donde no la había.
Quizá Unidos Podemos ignoran que TVE también emite programas de otras confesiones religiosas, entre otras, me consta la judía y la musulmana. ¿Por qué no piden que tampoco se emitan estos programas? Cierto es que no se dan por televisión las ceremonias de estas dos religiones y de la misa sí se hace, pero creo que es buscarle cinco pies al gato, darle vueltas a las cosas por el simple placer de enfrentar a la gente. Tamara Falcó ha salido en defensa de la misa y le ha caído la del pulpo por ejercer su libertad de expresión. Es lo que le ocurre a los extremos, sean de derechas o izquierdas, rojos o azules, que defienden la libertad de expresión siempre y cuando no vaya contra sus cánones, sus credos, sus formas de vida o, lo peor, contra su programa político.

Me da a mí que los cristianitos españoles no van a conseguir nada hasta que sean una minoría perseguida. Entonces, como cualquier otra minoría, gozarán de los favores de estos partidos. O a lo peor, ni por esas.
Estamos en un país en el cada uno cree en lo que le da la gana. Algunos no creen en nada, y algunos respetamos en lo que crea cada uno. Pero estos tipos que siempre se erigen en paradigma de respeto, de demócratas y de mentes preclaras (repito, cualquier extremo, aunque esta vez le haya tocado a la izquierda), son capaces de prohibir el catolicismo y continuar permitiendo que se emitan programas sobre la religión judía o musulmana. Pues en una democracia, en este sentido, funciona el café para todos, es decir, que tienen presencia todas las religiones o no la tiene ninguna. ¿O es que los señores de Unidos Podemos tienen los webos suficientes como para declarar públicamente que no quieren al Islam en la TVE pública? Pues no, ya le digo yo que no los hay. Tampoco hay cerebro para respetar la cultura y las costumbres de un país. Eso sí, en manipulación sobre masas hay que darles un sobresaliente, que para eso son unos verdaderos hachas.

Señores de Unidos Podemos: si se aburren y además ven que no terminan de pegar un subidón en votos como para poder gobernar, invéntense cosas más inteligentes, que no perjudiquen a nadie y, sobre todo, que no enfrenten a la gente, que son ganas de sembrar discordia en asuntos donde, hasta hoy, no la había.